Es difícil mantenerte para siempre sobre la cuerda floja. Ni siquiera el acróbata más diestro. Terminas por inclinarte hacia un lado o el otro. Por mucho que lo impidas, va a pasar.  Es una ley de la naturaleza. Fuerzas que te arrastran por encima de las intenciones. Como un barco de papel en medio de la tormenta. Pocos sobreviven a esta corriente de ignorancia. Casi nadie se queda sobre la cerca de la sumisión. A no ser un kamikaze. Uno de conciencia. No tiene sentido disecarse sobre ese espacio divisorio de los sentimientos. Con los hechos rajando estos tiempos, como los rayos del sol a las piedras del camino. El sendero donde serás timado, o de seguro chocarás si volteas la mirada.
No dejes que te pongan las gafas de una realidad virtual. Porque cuando te la quites, aún con las pupilas encandiladas, tal vez no conozcas ni tu reflejo. Quizá hasta lo aborrezcas por lo que descubras más allá. Al fondo del espejo de la verdadera realidad. Una que oíste en las clases de historia, pero no le prestaste atención. La viste de lejos, hasta que un día llega.
La vista debe ser vivaz, tomar partido, con la frente erguida para no marearte. Antes que sea tarde.

Unos consejos para terminar: no luches contra el imposible, fluye sobre él. Trabaja por el buen vivir, no por la «buena vida». No dilates tus pupilas con gotas de «abundancia». Mejor invita con la mirada certera, y enfila tus pasos hacia un rumbo. Pisa fuerte, y que tus huellas de fe se encarguen de señalarle el camino a los demás.