Cuatro y veinte, el timbre suena. Los niños salen al pasillo y sus padres entran al aula. La reunión está a punto de empezar. Eso dijeron. Unas quince madres y tres padres componen el encuentro. La maestra no aparece todavía. Tuvo un ligero retraso con el registro de asistencias. Algunos adultos sacan sus celulares. El silencio ya es parte de la espera. Sólo las notificaciones pretenden sonsacarlo, y el ruido de la puerta en el baño, al fondo del aula.
Más o menos a las cuatro y treinta rompe la profe: buenas tardes, dice. Parte del auditorio le responde. La otra sigue con el móvil, o haciendo no sé qué. La maestra empieza a disgregar un balance sobre el curso hasta ahora. En general, subraya que en la evaluación han salido bien, pero no debemos descuidarnos, afirma con un aire de complicidad. Para terminar el curso como se debe, apunta antes de voltearse a la pizarra. Y con una tiza en la mano escribe sobre el fondo verde: de primero a cuarto las notas son cualitativas, pero más importante que estas es el contenido, resalta. Yo en mi mente diferí un poco de su opinión, aunque no hablé. No quise interrumpirla, pero en mis tiempos era distinto, pensaba.
Ella aseguró, en tanto se arreglaba su blusa con la bandera, la de muchas estrellas, que entender el contenido es lo principal. Por ejemplo, acota que la comprensión es el talón de Aquiles para ellos. Mientras en Matemática resulta ser la resolución de problemas y los ejercicios con texto. Ya escuchaba cada palabra de la profe, había apagado el teléfono, y a la vez mi cerebro no paraba de encontrar similitudes, de cuando era niño, y también de grande.

Elsa, la profe, explicó además sobre la adicción y sustracción. Y que de ahora en lo adelante siempre van a hacer operaciones de este tipo. No sólo en Matemática, sino en Lengua Española, y hasta El mundo en que vivimos. Me asombraba con sus palabras y mis ideas alocadas. Estar en una reunión de niños cuando ya eres adulto, te lleva a esos caminos paralelos por donde anduve ayer.
Como no hubo preguntas, la maestra continuó. Explicó sobre la similitud entre el punto y la cruz para multiplicar, sobre todo si se usa calculadora. Así como trabajar con los «factores», y cuidar los «términos». Quizá es por esto que la Matemática se parece a la vida: por las frases que utiliza.
En medio de la reunión una pequeña sin pañoleta, que parecía de preescolar, atravesó el aula para ir al baño. Pasó sin decir casi nada. Con una mano en la boca, como si tuviera pena. Elsa volvía a hablar cuando la niña regresaba de igual manera. Algunos se detuvieron a mirarla. Varios se rieron. Eso fue antes que la puerta del baño se abriera de par en par, y el olor: la peste, se apoderara del ambiente. A partir de ese momento la reunión se contaminó. Chirridos de sillas, toses y narices tapadas formaban parte de la transformación. El cambio superficial. No había agua para descargar, y las huellas de la angelita, unas húmedas y «perfumadas» pisadas surcaron el aula. La puerta se movía por el aire de afuera. La mayoría decidió no cerrar la ventana, por un motivo obvio, pero debimos hacerlo.
Entre todo eso la profe enseñaba el procedimiento para enseñar a multiplicar: 2+2+2 es igual a 2x3. Háganlos contar, refería Elsa. Los niños deben conocer sus deberes. Ellos tienen que trabajar, aunque sin correr. Yo sentía que la maestra mezclaba las orientaciones de las asignaturas. Hablaba como apretando los dientes, no sé si por nerviosismo, o el «olor». Era un manojo de consejos, timbres de celulares, toses y por supuesto, olores.
Así terminó la cosa. Luego que una madre preguntara sobre las tareas en la casa y la libreta en la escuela. Y la maestra respondiera el por qué es de esta forma. La cara de aquella madre parecía de pocos entendidos, pero todo quedó ahí, eso parece, hasta la próxima reunión.