Alza
su vista. La sostiene por un instante. Luego la vuelca sobre el papel. El lápiz
comienza a correr y los rasgos aparecen. Ideas de neuronas infantiles
dispuestas a cumplir su encargo. Después frunce el ceño, reclina la silla,
aprovecha y toca su pelo. Suelta el lápiz de un tirón para agarrar un creyón de
color. Uno rojo.
-Es para mi hermano, -dice en tanto colorea
una tira de papel. Una larga que habÃa rasgado con las manos-.
-Va
a quedar bonito… ¿no es verdad papá? –Pregunta-. Yo asiento con la cabeza.
Estoy sentado frente a ella. En eso empieza a cortar pedacitos más pequeños. Ya
de pie, y a su estilo: arrugando la boca, con algunas gotas de sudor
deslizándose por sus mejillas, sigue adelante.
-
¡Ves papá! –dice, en tanto pega los dibujos más pequeños en la franja larga-.
Frota la goma de pegar con una mano. La otra le sirve para fijar los dibujos.
RÃe con un atisbo de pillerÃa: -ahora mamá podrá cocinar tranquila, -su risa se
expande mientras habla-, y yo podré jugar en paz –agrega, - ¡en paz!
–sentencia, ahora con un tono confuso-.
Mientras,
comprueba que el cohete quede firme. Retoca los colores del caballito de mar. Y
completa las ruedas del camión con corneta.
- ¡Al fin!
–exclama Pau-. Ya terminé –dice y se limpia las manos con la ropa. - ¿Ya mi
amor? –Le contesto más atento a su invención-.
-Si…
¡Ya verás! –refiere con los ojitos muy abiertos, y camina hasta el cuarto-. Se
estará tranquilo –afirma cerca de la cuna-. Ahà intenta de varias formas echar
a andar el «juguete». Procura dos veces y no lo consigue. Samuelito se
intranquiliza. Aún no ha empezado a llorar. Observa a su hermana a través de
los barrotes. Paula insiste otra vez con mover el reguilete en una esquina de la
cuna; pero no puede y me llama. Yo la oigo y me dispongo a socorrerla.
-
¡Papá! –grita más ansiosa-. Samuel se asusta y rompe a llorar. Un chillido de
bebé. Dos meses tan sólo. Entonces, se siente algo caer al suelo.
-
¡Ay Dios mÃo! –Exclama Lisset-.
-
No te preocupes mamá –susurra Paulita-, se estará tranquilo.

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