SÃ, sigue ahÃ.
Está sentado en una esquina de la calle con los ojos más abiertos. Tiene la
vista medio perdida. Mira hacia alguna parte. Quizá al precipicio. No sé. Tú
tampoco. Tú no estás aquÃ. El pobre, después de varios meses por ahÃ, no sabe
ni lo que hace. Ya botó los zapatos y su ropa es una mugre. ¡Quién lo iba a
decir! Un hombre como él en esas condiciones. Las vueltas que da la vida. AsÃ
mismo. Da tantas que uno no sabe ni cuando acaba. MÃralo a él. Ese hombre
anduvo alto, ¡pero alto! Tú no puedes ni imaginarte, y mira como terminó.
Bueno, si es que aquà muere lo suyo. SerÃa lo mejor. Asà sufrirÃa menos.
¡Ay Dios mÃo
perdóname! Pero la traición duele... ¿no es verdad? ¡Duele coño, como una
quemadura profunda! Y lo peor es que nunca termina de curarse. Ni con curas de
caballo. No, no, y la gente hablando hasta por los codos. Dicen que le hicieron
un número ocho. ¡Pero claro! Tú sabes que eso funciona asÃ. Cuando Juan tiene,
Juan vale. Ahora, como ya no tiene, como ya no puede, Juan no sirve. ¡Pa la
calle Juan con las migajas de los “buenos samaritanos”! Pobre Alberto. Si, Alberto.
Ese es su nombre real. Juan es en el refrán, sabelotodo. «Alberto el
vagabundo». Asà lo llaman quienes no lo conocen. Las personas se confunden.

Piensan que
como ven a alguien asÃ, pueden coger mango bajito, y no. Con Alberto cualquiera
lo que se coge es la mano con la puerta. Mira, ese hombre sabe cantidad.
Lástima que no lo oyen y ya está viejo. No le dan un chance. Como lo ven asÃ,
no le creen... Tienes que aprenderte esto: «El conocimiento, sin imagen y
respaldo no vuela. ¿Grabaste? Que no se te olvide. Más, en el caso de Alberto,
que lo usaron y luego lo tiraron como un papel desechable. A mà no me creas.
Eso es lo que comentan. Y cuando el rÃo suena es porque piedras trae.
SÃ, todavÃa
sigue ahÃ. Asà que apúrate si vas a venir. Está sentado en la misma esquina,
pero ahora cerró los ojos. Parece cansado.

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