Si
pretendes hacer algo apasionante no puedes estar tranquilo. ¡No debes si en
verdad lo quieres! Trasciende poco la naturaleza. Importa mƔs su significado.
Su impacto, como el poder curarte de una enfermedad maligna. Por eso quedas
huƩrfano de paciencia. Piensas que todo tiempo es poco para llegar adonde
aspiras. Y el reloj activa la cuenta regresiva en tu percepción. Andas
comprometido con la idea que te martilla los sentidos. Como campanas de
iglesias en medio del casamiento. Firmas pues, el pacto contigo mismo de
alcanzar lo que quieres. Pero sólo es un deseo acabado de nacer. El beso de los
novios tras las palabras del padre. Tu voz interna: el sacerdote. Tu objetivo y
la actitud: los prometidos. Nadie asegura que puedan vivir felices y juntos
hasta el sepulcro, pero al menos lo intentas.
Las
sƔbanas enrolladas y los movimientos en la cama reflejan tu ansiedad. El sueƱo
se convierte en una traba que termina por imponerse. Te aparta un rato del
camino, y no quieres dilatar los hechos porque temes olvidar o confundir el
rumbo. Y los engaƱos son muy frecuentes en esta Ʃpoca. Sobre todo para los
dormidos. Piensas que vas acercĆ”ndote, y en cada paso te alejas. Es algo asĆ
como definir el sur y enrumbarte al norte. O no poder respirar por tanto
viento dĆ”ndote en la cara. Un aire frĆo. Es que los excesos tambiĆ©n asfixian. A
veces mƔs que la escasez.

Por
eso, algunos reposan y parece que duermen mientras cavilan su estrategia.
Nadie aguanta los pensamientos. Se mandan como potros cerreros, y no creen ni
en el cansancio. Ellos no pueden detenerse como tus palabras o los hechos que
dependen de ti. La gente aprende a callarse. El cerebro no. Es un maniƔtico que
grita hasta ser escuchado. De lo contrario enloqueces. Y lo hace a cada momento
mÔs alto si su fuerza viene de una pasión. No hay quien lo pare.
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