Vino
a comer para la cama, y yo no entendÃa por qué. Dijo que su mamá estaba
conversando de algo malo. Esa fueron sus palabras. Puso una cara de susto con
la boca llena. Yo le insistà que tuviera cuidado con el plato, no fuera a
ensuciar la sábana. -No te preocupes papá -sentenció cogiendo la cuchara-, no
pasará nada -hizo un silencio momentáneo-, pero déjame estar aquà -concluyó.
Procuré saber qué sucedÃa. Ella es bastante temerosa cuando tiene motivos. Era
evidente que algo la intranquilizó de nuevo.
Una amiga de Lisset
habÃa llegado, y las dos se instalaron en la sala. No paraban de
"actualizarse". Salió entonces el tema del balcón desplomado.
-No voy a poder dormir bien -murmuró Paula, en tanto masticaba-. No seas boba
muchacha -intenté persuadirla-, mejor termina de comer -le aconsejé-. Ella
movÃa los buches mirando al televisor. No se atrevÃa a enfocarme su miedo. -
¡Pobres niñas papá! - Exclamó Paula de repente. Lo hizo cuando preparaba otra
cucharada de arroz. Sus mejillas se humedecieron. - ¿Qué niñas Paula? -Pregunté
como si no supiera nada-. ¿De qué niñas tú me hablas? Repetà con toda
intención. Ella alzó la vista, y ahà si me miró. Me clavó sus ojitos encendidos
de una forma inquisitiva. Ni siquiera masticó. - ¿Tú no sabes papá? Dijo con un
tono de ingenuidad. Le movà la cabeza en señal de negación. No me atrevÃa a
hablarle. Paula aportó el plato y se secó las lágrimas. No dejaba de
observarme. Noté que su semblante cambiaba. Era más duro. - ¿De verdad tú no
sabes lo del accidente? Precisó como en un interrogatorio. En ese momento,
fui yo el que no pudo sostenerle la mirada.
Ahora
entiendo que debió ser eso. Paula, al parecer también oyó cuando le comenté
antier a Lisset, lo mismo que ella hoy criticaba con su amiga.

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