Nadie olvida el hogar donde dio sus primeros pasos. Al menos, las personas con un sentido cabal no pueden hacerlo. Esa mayoría que adora cada espacio de lo suyo, o añora demasiado para alejarse del origen. La sala donde te empinaste. El cuarto de los tantos cuentos. Las caricias de mamá. No hay fuerza mayor sin tu consentimiento que pueda apartarte de ti mismo. Privarte del abrazo paterno cuando más lo necesitas, el sabor de tú café, por un embullo o confusión camuflado de escasez. La única necesidad real es la de vivir. Esa, y la familia unida a pesar de los pesares: la de una sola Cuba.   

Ninguno, escucha bien, ninguno puede extirparte las raíces que sostienen los sentimientos puros: ¡tú identidad! Visitar el lecho de la abuela con sus flores amarillas. Jugar en la esquina al dominó. Andar sin miedo a morir. Hay muchas formas de estar muerto. Y es que: «por mucho madrugar no amanece más temprano». Lo que pretendo decir es que: «por más que desandes, y te pierdas por el mundo en busca del “cambio”, no vas a impedir tu regreso a la partida». El vuelo de las ideas a esa almohada de los sueños con la joven deseada. O a la amiga de antaño y los juegos en el barrio. Al calor de tu gente. Siempre tendrás esa sensación de vació, de que algo falta; a pesar de las apariencias. La lógica del ser humano funciona así. Sin contar que, allá donde aterrices, caes fuera de lugar. Nunca encajas por completo.
Todo parte de un deseo. Luego el nacimiento y un llanto, el hogar, la familia… tu país. La mente es el vehículo donde viajan los recuerdos a la Patria querida: tu casa. Una y otra vez. Basta salir de tu zona, y entenderás lo que digo. No obstante: ¡Qué importa donde emigre el cuerpo, y el dinero logrado, si el corazón se aflige! Si pasa el tiempo y la pena no cede. Si empujan las costumbres como el campo de un imán. Uno poderoso. Más, si donde estás hay frío y la soledad se expande.  
Nunca he estado fuera de mi «casa grande», de mi país. Pero, tengo amigos que sí. Esta elegía es para ellos. También, para los que ven su futuro en otro lugar, y para mí, por qué no. No puedo excluirme de estas percepciones cuando vivo en otra provincia, lejos de seres queridos, y el entorno donde crecí. Tampoco sé lo que pasará mañana. Mas, esto es mi sentir de hoy. Y las huellas profundas no se transforman porque sí. 
A ninguno les reprocho si parten, siempre que lo hagan con Cuba adentro.  Todo ser humano que se sienta cubano, sin importar donde esté, es uno de mis hermanos. Importa lo que hagan. Si llegan a Nueva York y plantan, en la misma estatua de la libertad, nuestra bandera, son hermanos míos. O si cantan el Himno de Bayamo en medio de la Plaza Roja. O si leen las obras de Martí en la lejana China. Todo por el bien de la nación: ¡son mis hermanos!        
Las fronteras nacionales no deben limitar el horizonte de la hermandad. No puede equivocarse algo tan sensible, y al mismo tiempo, esencial. Si buscamos como tantas veces, respuestas en el Apóstol, estoy seguro que él nos afirmaría: «con todos y para el bien de todos». Los que surgimos en un mismo vientre: en esta isla hermosa, somos cubanos. ¡Somos hermanos! Por tanto, tenemos el deber de hacer hasta lo imposible porque nuestra madre no muera, y su historia se consuma como carne de difunto. La suerte de Cuba, la de los pobres de esta tierra, es también la nuestra.