Hoy hablé con un amigo que lucha contra la muerte. Un hermano de la infancia. Le di la mano, y a pesar de su estado lo sentí tranquilo. Al menos por fuera eso parecía. Adentro debe ser un volcán de emociones. Después de un proceso así la mente no vuelve a ser igual. Todo queda descolocado como una casa tras el paso de un terremoto. Un sismo de gran intensidad. Eso debe ser la vida para quien vuelve a nacer cada día. Lo que Jaime padece te hace meditar. Él no es de la Habana. Vino por motivos de consultas.

Ahora se chequea cada dos meses para evaluar su progreso. No es fácil venir de tan lejos, del otro extremo del país, hasta la Habana capital. Gracias a la ambulancia que nuevamente lo trajo junto a su incansable esposa. La Nina de muchas noches sin dormir. Jaime ya tiene el pulso mejor, y trata de no estresarse. Busca la forma de estar calmado. Lo veo en su manera de hablar. Es pausada y toma más aire entre cada frase. Eso hizo cuando me habló del regreso en tren. Suspiró hondo al decirlo. Luego, hubo un silencio momentáneo y casi al segundo sonrió. La misma risa de cuando hacíamos maldades de muchachos. Aunque, está vez sin ganas. Él sabe bien lo que tiene. La enorme cicatriz en su pecho se lo martilla constantemente. Bajaron las taquicardias y su presión se estabiliza. Tiene una dieta rigurosa: de hervidos y cero sales. Hoy llegó estable del hospital. No obstante, conoce que en un segundo todo puede cambiar. Por eso el calambre de ayer a un lado de la cara. Eso me comentó, que le había explicado al médico. Y este le indicó una tomografía. -Hay que descartar cualquier problema adicional -me dijo con otra risa entre los labios-. Desde que Jaime enfermó se ríe más seguido. Pero es distinta su sonrisa. Es parecida a la que hizo con la noticia del viaje en tren: es una apariencia. Un intento de «engañar» al cerebro. Un engaño fallido.
Cada vez que lo veo, o siento su voz apagada, surge en mí esta sensación de lo efímero. Nunca más ha sido el mismo mi sentido de vivir.