Llegué a la casa y los tres me
esperaban. - ¡Papá, papá, nos vamos al parque! -Gritó Paula desaforada-. En
realidad, eran las dos, el más pequeño se quedaba. Ya la tarde caÃa, y como
sentimos algo de frialdad, no quisimos exponerlo a la calle con sus gérmenes.
Lisset, Paulita y yo nos Ãbamos para el parque. Todo un acontecimiento después
de algunos meses dedicados por entero al bebé. Antes, Pau se encaprichó en
ponerse unos tenis con cordones. -Casi lo logro -dijo en tanto me miraba-. La
notaba ansiosa. Lo que no vi era el nudo que aparecÃa a la par de su lazo. -
¡Lo logré! -Exclamó levantando uno de sus pies-. Me mostró, y del zapato
suspendido en el aire cayeron las dos partes del cordón, sin vestigios del supuesto
lazo.
Al instante,
tumbó la pierna y frunció el ceño: - ¡Ay no! No lo logré -murmuró decaÃda-.
«Tuve que salvar el tren militar». Una vez más. Para que la fiesta no muriera
le hice la «tarea». Luego, ella se compuso y cogió su pomo de las mariposas. Lo
llenó de agua y las mariposas sudaron. Paula también. Al parecer, por la faena
del cordón, o por cargar su bicicleta. O al hacer el calentamiento previo antes
de darle a los pedales.
Aunque a la
goma trasera le faltaba aire -yo la veÃa más desinflada porque Pau engordó-. Y
que el timón le quedaba muy abajo debido a su estirón, no impidió que en los
labios se le dibujara una sonrisa. ¡Al fin al parque de nuevo! Me imagino lo
que debió sentir teniéndolo tan cerca. Verlo todos los dÃas al regresar de la escuela,
y no poder ir...
Cuando la veo montando bicicleta me
acuerdo de sus primeros compases, con las rodillas arañadas y el temor a
manejar. Su progreso ha sido enorme desde entonces. Ya no tanto por el
equilibro y su autonomÃa, sino por lo diestra que está. Hoy, por ejemplo,
esquivó un niño que le salió de repente. Dio un giro brutal para salir ilesos.
Yo pensé que chocaban; pero no. Paula gritó, hizo su movida y continuó como si
nada. Estaba de vuelta y nadie se lo echarÃa a perder -eso pensé-. La gente
alrededor ni se enteró. Una pareja de adolescentes que compartÃan un helado, al
tiempo que tecleaban, no la vieron. Ni la señora cuando llegó y se puso los
audÃfonos. O el hombre que prendió un cigarro, en tanto reÃa mirando a su
teléfono. Todos estaban en lo suyo, como pasa desde que surgió Internet y las
zonas Wifi. El parque ya no es lo mismo. A no ser por los niños. Pau no se
cansó de insistirnos, ¡y regresó! Volvió al parque para tampoco cansarse de dar
vueltas. A veces con otros niños corriendo tras su bicicleta. Algunos a pie.
Otros en patines, o con carriolas. Eso sÃ, todos alegres.


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