Sacó
un periódico para limpiar el banco de granito, y se sentó entre la gente que
esperaba la noventa y siete. HacÃa rato que esa ruta no pasaba.
Eso fue después. Cuando llegó habÃa más personas que caminaban para el trabajo, y el sol empezaba a calentar la calle, con las cornetas de los carros rechinando en los oÃdos de la multitud. La algarabÃa despertaba a la ciudad dormida.
Eso fue después. Cuando llegó habÃa más personas que caminaban para el trabajo, y el sol empezaba a calentar la calle, con las cornetas de los carros rechinando en los oÃdos de la multitud. La algarabÃa despertaba a la ciudad dormida.
Él
salió temprano de la casa como acostumbraba. Aún no amanecÃa y ya colaba su
café. Cada mañana tenÃa el mismo ritual. Lo aprendió cuando trabajaba en
aquella cocina. Luego, mientras organizaba el cuarto al estilo de Adrian Monk,
repasó en la mente lo que iba a decirle. De seguro volverÃa a tenerla enfrente,
con el olor de su colonia impregnándole la nariz. TendrÃa que voltear la mirada
para no parecer obsesivo como la última vez. Apenas llegó a la esquina empezó a
sudar. TenÃa la espalda mojada y las manos frÃas. Más de lo normal. -Otra vez
con lo mismo -pensó -. Pero no quiso preocuparse. Prefirió seguir caminando y: «que
fuera lo que Dios quisiera». Llevaba algo más importante entre las cejas. Se
sabÃa dispuesto a enfrentar la situación de una buena vez. Las vueltas en la
cama no lo dejaban dormir. Su cuarto se convertÃa en una jaula, y no era para
menos.
Entonces
pasó lo inevitable. Lo mismo que hacÃa una semana venÃa sucediendo. Llegó a la
parada y ella estaba ahÃ. Una mulata alta, entrada en los cincuenta, aunque con
la misma belleza de cuando se conocieron. Él, por el contrario, parecÃa tener
más. Pocos podrÃan reconocerlo tras un cuerpo envejecido, calvo, y el rostro
lleno de marcas.
Él no atinaba a cumplir el «encargo». Evadió con cierto aire de temor las miradas de ella. Fue como un ciclón de miedos que le devolvÃa la conciencia. QuerÃa, pero el peso del pasado no lo dejaba avanzar. SabÃa de la reja que cerrarÃa nuevamente si algo salÃa mal. En eso hizo un no con la cabeza. Al instante se paró, miró al lado contrario donde seguÃa su objetivo y dio unos pasos. Luego se detuvo, prendió un cigarro y echó unas cachadas enfocando a la mujer. Mientras el cigarro se le consumÃa, su convencimiento aumentaba. El miedo se desvanecÃa como el humo del cigarro. Ahora, casi sin mover la vista de su presa, con la intención que tenÃa entre las cejas más exaltada aún, ya sin importarle tanto lo que pudiera pasar, botó la colilla, la pisó tan fuerte como pudo, y mientras estrujaba su zapato contra el piso, con una sonrisa cómplice entre los labios, decidió lanzarse hacia donde aguardaba su vÃctima de antaño...
Pero en eso llegó la guagua que varios esperaban, y ella se montó. Al parecer nadie notó aquella situación. Con el mismo impulso que llevaba, aquel hombre cambió el sentido de sus pasos. Sacó un periódico para limpiar el banco de granito, y se sentó entre la gente que esperaba la noventa y siete. HacÃa rato que esa ruta no pasaba.
Él no atinaba a cumplir el «encargo». Evadió con cierto aire de temor las miradas de ella. Fue como un ciclón de miedos que le devolvÃa la conciencia. QuerÃa, pero el peso del pasado no lo dejaba avanzar. SabÃa de la reja que cerrarÃa nuevamente si algo salÃa mal. En eso hizo un no con la cabeza. Al instante se paró, miró al lado contrario donde seguÃa su objetivo y dio unos pasos. Luego se detuvo, prendió un cigarro y echó unas cachadas enfocando a la mujer. Mientras el cigarro se le consumÃa, su convencimiento aumentaba. El miedo se desvanecÃa como el humo del cigarro. Ahora, casi sin mover la vista de su presa, con la intención que tenÃa entre las cejas más exaltada aún, ya sin importarle tanto lo que pudiera pasar, botó la colilla, la pisó tan fuerte como pudo, y mientras estrujaba su zapato contra el piso, con una sonrisa cómplice entre los labios, decidió lanzarse hacia donde aguardaba su vÃctima de antaño...
Pero en eso llegó la guagua que varios esperaban, y ella se montó. Al parecer nadie notó aquella situación. Con el mismo impulso que llevaba, aquel hombre cambió el sentido de sus pasos. Sacó un periódico para limpiar el banco de granito, y se sentó entre la gente que esperaba la noventa y siete. HacÃa rato que esa ruta no pasaba.

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