Algo parecido sucedió el otro día: entré, y al instante ella hizo una señal de silencio. Su brazo fue como un resorte para indicarme el pedido. Seguía en una esquina de la cama, despertando tras la siesta de la tarde. Una fugaz. Al segundo se volteó para mirar el bultico entre las almohadas. Su movimiento era casi imperceptible. A no ser por el vaivén, al respirar, de la sábana que lo cubría. Además, estiró las piernas.

Suave, tan despacio como pudo, Lisset logró ponerse de pie y caminó hacia la puerta. En eso sintió un gemido. Fue tenue, pero suficiente para que frenara sus pasos y abriera más los ojos. Pasó como ahora: ella quedó inmóvil por un momento. Inerte frente a mí, a pesar de la necesidad. Eso me dijo después: que iba al baño cuando oyó a Samuelito, y contuvo el deseo. Sabía perfectamente lo que podría venir detrás de aquel sonido de bebé. La última vez el gemido continuó. Después fueron más intensos y terminó en perreta. Hoy fue diferente. La madre se giró hacia la cama para salir de dudas. Mostraba en el semblante un atisbo de terror, o de locura. Es complicado definirlo. Sólo vi como su cara se llenaba de incertidumbres.

Miró entre las almohadas y Samuel ya estaba así: despierto de nuevo. Lisset no pudo contenerse y se desplomó sobre la cama. El niño, que chupaba uno de sus puños, luego sonrió.