
Esos
ojitos achinados y su sonrisa sin dientes me revuelven las ideas. Debo hacer más
por él. ¡Tengo que hacerlo! Para que siga asÃ: con esta risa que alegra hasta
el más pinto de los tristes. Una carcajada a toda vela que no entiende de
pandemias.
Si
estoy con Samuel siento sus consejos. Son de los más efectivos. Invade con gorjeos
el espacio donde siguen unos pocos. Es fácil para él. Y cuando cree que no
tiene mi atención, a veces oprime las cejas y asoma una bembita. O jimiquea
unos segundos chupándose las manos.
Al verlo asÅ tan frágil, me asusto. Entonces
él vuelve a la carga con su llanto. En ocasiones más seguido, con lágrimas o
sin ellas, hasta lograr su propósito. ¿Cómo puedo protegerlo de tanto peligro?
La forma que utiliza para llamar mi atención, sin saber que siempre la tiene,
es un acto de ingenuidad. Uno salido de un hombrecito puro: ¡de mi bebé!
Si entendieran sus consejos y los de otros niños como él, todo fuera distinto. Estoy
seguro. El mundo serÃa más sano. Quizás ahora yo no tendrÃa este nasobuco para
cuidarme la salud. Pudiera dormir tranquilo, velar menos a Samuel y a Paula, y
a Lisset. Llegamos al punto donde el contagio está a la orden del respiro. Se
hizo lo posible pero no fue suficiente. Demasiados enfermos viniendo de muchas
partes. La ciudad no resistió. Hoy casi nadie sale de sus casas. El pánico se
expande. Como el comentario por las noticias que tensionan al aliento.
Los nasobucos se adueñan del ambiente, y mis hijos, mi esposa, mis seres queridos, forman parte de él. Ojalá no amordacen su futuro. ¡Tengo que hacer más por ellos! No puedo fallarles.
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