Más que al temor de esta incertidumbre, pretendo coronar el poder de la esperanza. La alegría que deseo irradiarle a mis hijos, a pesar de los nasobucos: los rostros ocultos. Abrazos ofrecidos desde la distancia. Protegerlos como mis padres hacen conmigo, sin importarles mi edad. Para ellos, para nosotros, los hijos nunca terminan de crecer. Por eso la idea de estos cuentos, para entretenerlos y a la vez cuidar su salud mientras sigan aislados de la pandemia.  Cerrados por ahora a la escuela y sus amigos. Abiertos, eso sí, a un mundo de imaginación para explicarles sobre esta realidad. De cómo debemos cambiar las sombras por luz. De cómo podemos salvarnos para ser mejores humanos.

Ojalá no olviden jamás las lecciones de este virus…

¡Ojalá!