Esa tarde Paula acababa de bañarse. Tenía los rizos recogidos con un pasador de mariposas, y llevaba puesto un vestido a rayas con un escote en la espalda. A la niña le gusta presumir. Desde pequeña fue así. Seguía frente al espejo del cuarto, retocando sus mejillas con una mota repleta de talco. Nada se escuchaba en la habitación, a no ser los canticos de Pau frente a su reflejo, a cada momento más contenta con él. Ya casi se veía lista para salir a jugar. Asomar su cabecita como Margarita, hasta la sala de la casa o sus alrededores. No podía ir más allá del jardín. Cero puertas abiertas, y menos visitas al lado, a casa de abuelos, de la tía, o a su parque preferido. Paula se había acostumbrado a jugar sólo con sus muñecos, y a las clases que junto a ellos recibía tres veces por semana. La magia del televisor que le regalaba muñequitos, ahora también le obsequiaría clases a ella y sus juguetes para más diversión. Un poquito nada más.

Fue el retoque final. Un toque apenas para devolverse el color de la infancia, con su parecido al chocolate, u otro de los dulces que le gustan.
Y te digo que la niña si se prende de verdad. No paró hasta que su padre cogió el dinero y salieron a encontrarse con la vendedora.
Ella los esperaba del otro lado de la cerca, del lado hacia la calle.
Paula es como él. Lo repito, y no me canso de decirlo porque es así. Paula tomó la cremita de leche, abrió su envoltorio y miró con detenimiento a la vendedora. No le quitaba la vista de encima. Algo en su rostro le llamaba la atención.

Casi a punto de salir, con el pecho y la cara pálidos por el polvo, posaba como una modelo para la foto de revista.

- Dime espejito mágico: ¿quién es más bella entre las bellas?

¡Ay no! No quiero ser como esa bruja.

Soy... ¡La cucarachita Martina!

No, no...

Soy Paula.

Se tocó entonces el pelo, para alisarlo como pudo. Después pasó las manos por sus pómulos y quitó los excesos de talco.

Paula oyó una voz desconocida. Nunca antes la había escuchado. Era un pregón como otros que se oían por el barrio.

- ¡Riiiicas cremitas de leche!

¡Compra tus cremitas de leche para endulzarte, ven!

¡Cremitas de leche!

La niña dejó de cantar. Hizo silencio para asegurarse, y cuando lo estuvo salió de prisa a buscar a su papá. Ella es como él: cuando quiere algo no para hasta conseguirlo.

- Papá... quiero cremitas de leche.

¡Papá, papá...! ¡Cremitas de leche!

¡Papá!

Estuvo analizando lo que le faltaba a aquella mujer. Los ojos de Pau casi hablaban por si solos. Se veían preocupados. Empezaba a saborear su dulce, pero no era suficiente. Los niños no se quedan tranquilos, no pueden callarse las cosas, tienen que hablar. Paula tuvo que hablar. Fue sincera con la señora, antes que siguiera con sus ventas y el pregón a viva voz. Antes que sacará más cremitas de leche para mostrarla a los cuatro vientos, y que otros padres le compraran.

- Póngase el nasobuco, para que no se enferme.

El padre sintió una pena que no pudo ocultar. Paula tampoco se contuvo cuando la mujer le hizo caso sin titubear, como si hubiera sido un policía u otra autoridad. Los labios de la niña, pegajosos con su cremita de leche, mostraban una risa infantil.