Hay miedos que duran para siempre. Vivir en sí, si no lo enfocamos con sueños, es un acto de pavor. Ahora hay uno ahí, agazapado en el ambiente, dispuesto a infectarnos con su terror. Cada día la posible estocada por un mínimo de error, o de irresponsabilidad. No estamos adaptados, ni mucho menos convencidos de que nos persigue. Se expande como vientos de ciclón. Destruye mucho por dentro. Afuera, todo parece igual. Apariencias tan sólo.

Y como el hombre vive de ellas, sale otra vez a buscar. Dos cosas lo empujan por estos tiempos: apariencias, ya lo había dicho, y necesidad. Una inmensa necesidad de acumular cosas. Es más, de lo mismo: el parte de las once, sobrevivir a toda costa, a las nueve los aplausos. Y encima de eso, la rutina del ayer, de cuando existían otros miedos, menos este. Pocos pensaron que algo así sucedería. Tal vez cada cual tenga su propia percepción de cómo enfrentar este mal y salir airosos. Yo no digo ni que sí ni que no. Solamente pienso en voz alta. Mientras lo hago, siento el calor que reverbera sobre el asfalto de la calle. Como seguro lo sienten los cuerpos que, a pesar de las alertas, se arriesgan a desandar.

Pero las cosas van a cambiar. Lo presiento. De esta crisis saldremos mejor. ¿Quién puede superar tanto y no serlo? Ser agradecidos. Mirarlo todo a través de un cristal pulido con sufrimientos y amor. De esta manera, cuando al fin rompamos el aislamiento que ahora nos confina, podremos respirar el mismo aire bajo el influjo de los aplausos que, a pesar de los temores, vencerán.