Un grito inesperado descontroló a todos en la casa. Paula quiso, como en otras ocasiones, adelantar su merienda, pero esta vez fue diferente. No pudo terminar. Fue cuando empezaba que descubrió su experiencia dolorosa. La primera de muchas que de seguro tendrá.

Ella eligió continuar con su plan, a pesar de los regaños. Aprovechó la atención de Lisset con el hermano, y que su padre seguía en el baño, para llevarlo a cabo. Instigada por el hambre tras el juego con la pelota, anduvo sigilosa, muy escurridiza diría yo, hasta llegar a la cocina. Su idea, como la bala en la recámara de un fusil a punto de ser disparada, estaba lista. Sabía qué hacer y cómo lograrlo. Antes abrió el refrigerador para revisar que aún estuviera ahí lo que buscaba. Todo estaba dispuesto para la misión. Y eso hizo. Casi sin pensarlo rebuscó, y de allí sacó nada menos que: un plátano. Más tarde, envuelta en un llanto descontrolado, confesó que sólo quería comerse una fruta. ¡Maldita confusión que no impidió aquel desenlace! Un derramamiento de sangre desconocido hasta ese momento por ella. 

Sin demasiado esfuerzo encontró lo otro que necesitaba, y puso manos a la obra, es decir, en su plátano. Fue justamente ahí, cuando empezaba a abrir la vianda, que se le resbaló sobre la cáscara el cuchillo, y su filo penetró de un sólo tajo en uno de sus índices. Cuando vio la sangre saliendo por su dedo, sin poder contenerla, se acobardó. De un tirón, lanzó el cuchillo gritando auxilio. Con la mano sana se tapaba la herida. Exclamaba que se había arruinado su dedito por no hacer caso. Lloraba implorando que no le pegaran. Lo repetía sin parar. Las lágrimas le corrían por el rostro y no encontraba consuelo. Hasta que al fin apareció Lisset quien, al verla así: con las manos manchadas de sangre, entró en pánico. Samuel llegó al coche de alguna forma. Ni la propia Lisset supo después cómo lo dejó allí y se fue con Paula para el baño. El papá ya estaba dispuesto a socorrerla de cualquier manera. Por un instante, los dos creyeron que la cosa sería de puntos. Paula había disparado su idea en la realidad, pero el tiro le salió por la culata. 

Al principio, el agua corría con algunos hilos rojos por el lavamanos. Después, en tanto le limpiaban la herida, con sollozos y pataleos incluidos, la sangre fue disminuyendo y logró definirse la dimensión de la cortadura.

Poco a poco se le fue pasando el dolor. Tenía un paño tapándose el rasguño. De vez en cuando gimoteaba, pero nada más. No obstante, la madre ayudó a bañarla, y no se desprendió de ella durante un rato. Luego la niña decidió comer sola, aunque el padre estuvo dispuesto a dársela, como en los viejos tiempos. Precisamente él, calmado ya al verla mejor, le comentó -con cierto tono pícaro -, que se tranquilizara para que no fuera a salírsele la vida chiquita. Al segundo, la cara de Paula se transformó. Fue una mezcla de dolor, incomprensión y miedo; o algo así. Sus ojos volvían a ponerse vidriosos cuando el papá lo percibió. Entonces, conmovido, él se retractó diciendo que no se preocupara, que sólo se trataba de un juego, y que ella sí era su vida chiquita.

Por último, la besó. La niña en cambio, lo miró, le dio un ligero golpe en el pecho, y dejó escapar con cara de asombro, su primera sonrisa de recuperación.