No hay quien detenga lo que va a pasar. Es una marca que nadie puede borrar. Está ahÃ, esperando el justo instante para salir a la luz, para escaparse de las sombras y mostrar sus consecuencias.
Hoy
vi a la muerte más cerca; tenÃa una forma diferente. No fue como nos circunda
en esta etapa de epidemias. En ese momento el calor ya era insoportable. Yo
estaba como casi todas mis mañanas de cuarentena: leyendo algunas noticias.
Esperaba el parte de las once, cuando sentà el estruendo. Fue un golpe
devastador, con cristales astillados, y voces. Mi familia se consternó. Lisset
logró mirar por la ventana de la cocina, y gritó con lo que vio. Fue un chillido
de lamento.
La voz le temblaba cuando quiso explicarme. Estaba desconcertada, pero salió al jardÃn. No podÃa contener las lágrimas, y procuré impedirle que saliera. Fue en vano. Le imploraba a su madre. DecÃa: ¡lo mataron! ¡Lo mataron! Eso repitió un par de veces. Paula, que jugaba con su Tablet, también querÃa ir, pero a ella sà se lo impedÃ. La aguanté por un brazo y logré que volviera a sentarse. No quise que viera tanto sufrimiento.
La desgracia fue frente a la casa. SÃ, eso fue. Una tragedia enorme por una señal en el asfalto que pocos respetan. Pasó parecido a otras veces; aunque en esta fue… ¡peor!
La gente no entiende de respeto en estos tiempos. No saben, o no asimilan, o simplemente no se detienen a pensar que de ello depende mucho, incluso hasta la propia vida.
El estruendo presagiaba lo que pasó. TodavÃa no habÃa salido de la casa, y supe del accidente. Las personas corrÃan, comentaban, varios dejaron de hacer sus cosas y fueron a ayudar. Los accidentes se pueden evitar. No ocurren si tomamos las medidas necesarias, pero el ser humano se confÃa. Piensa que a él no le pasará lo que a otro mata.
La intercepción de dos avenidas conocidas en el Cerro, frente al estadio de pelota, fue donde sucedió el hecho. Pasó a la mañana siguiente del viernes santo. Me pregunto cuántos de ellos, cuántos santos, nos estarán protegiendo ahora, en medio de tantas pandemias, y choques atroces, y dÃas grises.
Un Lada rojo, de los ochenta, se acercaba a la intercepción. Por la otra calle venÃa el Peugeot, uno clásico, pintado de azul. Un mulato alto lo conducÃa. En el otro carro estaba la muchacha. El parecer, por la ropa y su juventud, se trataba de una estudiante de medicina. Ella conducÃa el auto que no respetó la señal. Ambos carros quedaron con el frente destruido. Un amasijo de hierros, grasas y cristales. El olor a gasolina se impregnó en el aire. El choque fue frontal y duro… ¡muy duro! Tanto como para adivinar la alta velocidad que llevaban. La joven continuaba desconsolada. Salió del carro ilesa, porque no le noté golpe alguno. Eso sÃ, estaba echa un manojo de nervios. A simple vista podÃa verse su desesperación. Ella tocaba su bolso constantemente. También caminaba de un lado a otro. En varias ocasiones se llevó las manos a la cabeza. Dijo algo bajito al ver lo que provocó. Su cara era la viva estampa de la nada. El otro chofer no dejaba de fumar. Daba cachadas, botaba el humo, y volvÃa a hacer lo mismo. Se acercó despacio adonde estaban las personas más desesperadas. Un grupo de ellas. Casi todos con nasobucos, o pañuelos amarrados en la cara, dando la ayuda necesaria para que el mayor perjudicado sobreviviera.
Al cabo de algunos minutos apareció una patrulla, y después otras dos oficiales de la motorizada: dos caballitos. Ellos hicieron el levantamiento del lugar, y condujeron a los implicados hacia la estación policial de Infanta. La muchacha no se apartaba de su bolso. Eso me llamó bastante la atención. Por otra parte, la gente seguÃa comentando. No paraban de hablar del anciano en el parque. El señor que iba caminando con su jaba entre las manos cuando ambos autos, descontrolados tras el choque, invadieron el parque. El hombre no tuvo tiempo de mucho. Todo fue muy rápido. Parece que no lo vio venir. Quizás, ni sintió cuando el Lada lo impactó y quedó boca abajo en el pavimento; sin apenas moverse. TenÃa el rostro cubierto de sangre… Y, un hueco en la cabeza. A un costado quedaron, sucios y medio desechos, los rollos de papel sanitario que traÃa consigo.
Rumbo al hospital, sus signos vitales se debilitaban. El hombre iba mal. Más tarde, por el radio de una patrulla, se oyó algo que pareció una sentencia: el peatón falleció. Luego, vi como detenÃan a la joven y confiscaban su bolso.
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