Creo que estoy cogío. Parece que me han dado una paliza. La mujer notó cierta incomodidad en el semblante del marido. No le apartaba la vista de encima. Él hizo un ademán, la miró con los ojos adosados, sin que ella lo percibiera, pero no habló. Sólo se volteó hacia el otro lado de la cama, de frente a la pared. Ella no se decidía a romper el silencio de la madrugada.  El insomnio por las pastillas contra el dolor se volvía normal. No quiso despertarlo. Tampoco le pasaba por la mente que él estaba consciente. ¿Qué hace Bertha despierta? ¿Se sentirá mal también? A ella no puede pasarle nada… no aguantará. Intentó como pudo mantener la calma, para no asustarla. Cerró más los párpados, buscando quizás, la forma de conciliar el sueño. Encontrar, entre tanto malestar, la manera de dormir otra vez. Un anhelo que no acababa de llegar. A pesar de los buenos recuerdos que se esforzaba en revivir: el paseo con su nieta antes del regreso a Madrid. Y el abrazo con su hijo, poco antes del vuelo, apenas seis días atrás.

Los momentos felices son así: fugaces. Más en estos tiempos con tantas familias separadas.

Sobre un costado del cuerpo, y con la respiración menos agitada, él recreaba lentamente en su cerebro, como si se tratase de un video, el instante en que conoció a la nieta. Tuvo que esperar cinco años para abrazarla. Hasta que su hijo Fabián obtuviera la residencia. Varias veces imaginó el momento de conocerla. Fueron muchas en verdad. Pero ninguna, absolutamente ninguna, superó a la realidad. Demasiadas emociones para ser imaginadas. Eso está acabando donde vive Fabián, él me dijo que allá tenían seguro, pero no confío, tenían que haberse quedado, ¡y nosotros que estuvimos juntos!, y besamos a la niña, ella jugó hasta en el parque, parecía un pajarito libre, no paraba de reír con sus amigos del barrio, la Habana le encantó, Fabián debió dejarla un tiempo con nosotros, él no para de trabajar y ella vive encerrada, allá no es como aquí, no es lo mismo, ahora mi nieta debe estar en la escuela, no, seguro la dejaron en la casa porque con esto no puede salir. Fabián si debe ir a trabajar, cuando amanezca voy a llamarlo para saber cómo están… ojalá que Bertha no tenga nada. Procuró poner la mente en blanco para frenar el aluvión de pensamientos que lo desvelaban. Bastaron unos segundos para que la niña regresara. Luego apareció Fabián, y por último Bertha, que sí seguía junto a él en la realidad. Estaba sentada sobre la cama, cubierta con una sábana, tenía un libro entre las manos: “Retrato en sepia”, de Isabel Allende. Él sentía en el colchón cada movimiento de su cuerpo: cuando ella puso el vaso en la mesita de noche, y cuando suspiró como si el aire le faltara. Toda la vida vivió para esa mujer. Se obsesionó con ella y acabaron enamorados. A Bertha no puede pasarle nada porque no voy a perdonármelo, si se enfermó, fue por mí, por mi culpa, ella me necesita, me muero si se va… no voy a pensar en lo malo, ella se recuperará, y eso no va a cogerla, ¡no! No le pasará nada, nada… nada… nada… Mientras se repetía lo mismo en el cerebro, como si quisiera convencerse de su deseo, fue entrando en un letargo. De repente, se vio en un sueño. Uno similar a los anteriores: entraba en un rancho con paredes de madera y alumbrado por candiles, unos faroles humeantes que tiznaban las tablas. Parecía la casa de su niñez. Creo que lo era. En el fondo, casi en penumbras yacía un ataúd. En ocasiones, todavía con los ojos abiertos, estaba su madre. Otras veces era Bertha. Ella en cambio, aparecía dormida. Su rostro desbordaba una rara vitalidad. Cuando él lograba armarse de valor y mirar a través del cristal, lloraba si encontraba a su madre. Reía, por el contrario, si descubría a Bertha. Un llanto o una risa descontrolada que lo dejaba sin razón, hecho un loco en medio de las sombras. En tanto su alrededor se volvía más oscuro, la locura aumentaba, y empezaban a llegar, quien sabe de dónde, una especie de enfermeros que lo amarraban de pies y manos para inyectarle algo en las venas. La misma inyección que lo traía de vuelta a la realidad. Siempre era así: quedaba medio confundido al recobrar los sentidos. Igual que ahora, cuando abrió los ojos y vio que su esposa estaba acostada, de espaldas a él. Parece que se durmió. Aprovechó para taparla un poco más. En eso se detuvo para contemplarla. Desde que Bertha supo lo que tenía, su espíritu se derrumbó. La vida se le consumió a la casa y el hospital. El día que le dieron la noticia, enmudeció sin apenas inmutarse. Al menos por fuera. Después agradeció a los médicos, y aceptó someterse a las radiaciones. –Tenemos esperanzas –dijo el oncólogo, pero su cara no acompañó aquella expresión-. Bertha no respondió, tan sólo bajó la mirada antes de voltearse hacia el marido. Él se veía consternado. Sintió como el terror de sus sueños irrumpía de golpe en el presente.  Los médicos fueron tan sensibles como pudieron, pero las posibilidades de mejora se disipaban. Su angustia no la dejaba dormir. Más tarde aparecieron los dolores, y con ellos el insomnio. Es casi un milagro que se haya dormido., ese cabrón cáncer que no la deja vivir, ¡coño! Y ahora este malestar que me tiene loco, no te desesperes compadre, que la vas a despertar, no te muevas tanto en la cama, mañana llamas a Fabián, y después te vas para el policlínico, eso vas a hacer, y tienes que ponerte duro, porque Bertha te necesita. ¿No quieres ver de nuevo a tu nieta? Porque si quieres volver a verla, y a Fabiancito, hay que seguir en la lucha. Esto está del carajo, lo sé, estar aquí sin hacer nada, mirando como ella se me va apagando, y ahora esta situación, y este encierro…

¿Cuándo se acabará esto? Sólo pido que yo no tenga nada, que sea un catarro. Si voy al policlínico me van a ingresar. Él se levantó de la cama y salió del cuarto. Procuró hacer el menor ruido posible; pero fue insuficiente. Bertha sintió sus movimientos, y decidió esperar despierta a que regresara; quería salir de dudas.