El sol continúa secando las gotas de rocío en las hojas de las plantas, e ilumina con sus rayos el pueblo de Paula. La ciudad que en estos días está diferente. Ahora la gente va por la calle como casi siempre: vestidos a la moda, con sus hijos, o sin ellos, pero preocupados. Piensan en la familia y en su propia salud.
La familia es algo importante. Una parte querida, sagrada, necesaria para vivir. Como el santo de Fina sobre la mesita de noches. Como el amor con que ella le pide cuando estamos enfermos. Como la foto del abuelo y las flores que nunca le faltan. Y porque la cosa estaba fea cuando Fina encendió la luz, y se puso a rezar.
Su nieta Paula quiso saber qué pasaba:
- ¿Por qué estás rezando abuelita?
- Por nosotros mi niña.
- ¿Por nosotros?
- Si mi amor… Para estar bien.
- ¿Y no estamos bien?
- No como quisiéramos.
- ¿Por qué?
- Ven… te lo voy a decir.
Ahí, Fina empezó a contarle que había una enfermedad, una especie de catarro, pero más fuerte aun, que contagiaba a las personas. Y debían quedarse en casa, protegiéndose para no enfermar.
También le dijo que por eso la gente usaban máscaras, para no contagiarse.
- Pero abuela, yo no estoy enferma.
- No. Pero debes protegerte.
- ¿Y cómo me protejo?
- Por ejemplo, usando una máscara si sales de la casa.
- Entonces… ¿las personas que están en la calle sin máscaras se enfermarán?
- Sí. Pueden enfermarse si no se cuidan.
En ese momento, Fina tuvo una idea para entretener a su nieta. Quería enseñarle un poco más.
- ¿Qué te parece si hacemos un juego?
- ¿De verdad? ¿A qué jugaremos?
- Al juego de las máscaras.
- ¿El juego de las máscaras…? ¿Y cómo es ese juego?
- Es fácil. Mira, vamos a observar durante un rato a las personas pasar. Tú contarás las que llevan máscaras, y yo las que van sin ellas. Al final, quien más puntos obtenga, es la ganadora.
Paula estuvo de acuerdo, y empezaron a jugar. Precisamente, ella empezó ganando. Contó una, dos, hasta cuatro personas antes que apareciera el primer punto para Fina. Luego la pequeña sumó otro tanto. Se sentía vencedora.
De repente, en un giro inesperado para ambas, Fina comenzó a despegar como un avión al iniciar su vuelo. Como un globo suelto en el aire, que no paraba de subir. La abuela contaba más, más, y más. Vencía sin querer. En resumen, ganó.
Después de darle un beso a su nieta y apretarla en su pecho, Fina se fue a la cocina. Paula prefirió quedarse. Estaba pensativa. No podía olvidar que perdió, y a ella no le gustaba perder. Además, repasaba en su memoria los consejos de la abuela, y al mismo tiempo no entendía a la gente que salió a la calle sin sus máscaras.

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