Cuando surgió la pandemia muchas cosas empezaron a escasear, y otras como por arte de magia comenzaron a aumentar. Un complejo y espantoso acto que nadie aprobó. Pero no importaba. Tampoco importó que fuera domingo y se debe descansar. El descanso se ha vuelto un lujo desde que llegaron los tapabocas y estos cambios en el rostro, y la incertidumbre. La cola se extendía por casi toda la cuadra. El sol que aun ni entibiaba la acera donde esperaba la muchedumbre, presagiaba otra ola de calor. Quizás hasta un tsunami para ese día. Lo que sí ya hervía entre la gente eran los comentarios destapados ante el intento de alguien por organizar aquella multitud. El hombre gritó –con la intención de que todo el mundo escuchara- que primero venderían el picadillo y después lo demás.

No pasó un instante antes que una mujer caldeara el ambiente. Sus palabras lanzadas al aire por el instinto más genuino, le rebatieron la iniciativa al activista. La señora dijo que no podía hacer varias colas. –¡Eso no tiene lógica! –profirió- También señaló que antier en otro lugar salió a las doce del mediodía por la misma situación, que lo sentía, pero no. Y con su enfática negativa el respaldo de otros aludidos o arrastrados por el momento. –Hay tantas cosas ilógicas aquí –murmuró otra cuarentona con un cigarro entre los dedos-. Y al unísono un coro de voces con el mismo no. Voces remordidas.  De vez en cuando aparecía otra persona buscando el último. Algunas se movían entre la gente sin importarles la distancia como medida de precaución. Hay problemas tan urgentes como la epidemia –pensé-. De cinco en cinco corría la cola, a veces hasta seis, o siete. El tiempo pasaba y los grupos informales creados por la crisis continuaban insinuando de los males pasados y los que estamos viviendo. Sin embargo, no se oyó a nadie hablar de futuro. Algo nos oculta, pero no se centraban en él porque de todas formas llegará, y tal vez no estemos aquí para hacer el cuento. Durante un rato se especuló del cloro: concentrado y santiguado con agua. También de un juego cualquiera y del modo para obtener más puntos, de la novela y otras maneras de engañar al tiempo, y a la mente, de un tal Liborio y las formas de expresar sus críticas, de dónde sacaron pollo o aceite, y por cuántos contagiados vamos. La muchedumbre no paraba de hablar, de contar sus hazañas más recientes, de resistencias y perspectivas encontradas. No paraba de hacerlo, o de mirar más allá de la esquina adonde estaban otras personas tiradas en un contén, con la vista perdida o recostados a la pared, esperando su turno en otra cola distinta. Era cerca de un parque en el cual las hojas de los árboles, amarillentas y medio secas por el calor, caían al suelo. Muy cerca de allí estuvo una pareja que también esperaba su oportunidad. Primero seguía ella sola con un bolso que celebraba los quinientos años de la Habana. Luego apareció él, con una jaba repleta de panes y esa sensación infantil de haber resuelto algo. Se aproximaba más al banco donde permanecía la joven, y al mismo tiempo disminuía la intensidad de sus pasos. Cuando casi llegaba la increpó. Le susurró con un tono descompuesto que se dejara de boberías, que ella no podía cansarse, y que mejor se iban, porque se había acabado lo que buscaban y el niño, su único hijo, estaba solo en la casa. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. –¡Esto no puede seguir así! ¡No puede! –Exclamó en tanto se levantaba, para aliviarse el corazón-. Después, mientras se alejaban atravesando el mismo parque, él repasó en su mente las gestiones de aquella mañana, y con un atisbo de consuelo, con esa forma de autoengaño que tienen los humanos como mecanismo de defensa, buscó, hundido entre muchos pensamientos, la manera de salir a flote.