Si tienes un bebé como el mío, uno intranquilo y muy juguetón, entonces sabrás que tu mente debe ser a prueba de risas, llantos y gorjeos. De lo contrario no podrás separarte de él. Y las horas ya no importarán demasiado. Y las cosas, esas que antes gastaban todo tu tiempo, ahora se harán rapidísimo.

Con su hermana fue parecido. Pero ella era menos traviesa a esa edad. Samuel no para de aprender. Casi siempre tiene la boca humedecida. Chupa lo que tenga a mano y hace «carritos». Precisamente, de eso hoy quiero hablarte: de sus carritos. Es decir, de su carro mayor. Un auto de seis ruedas, elegante, color claro. Es de tela y metal. Y cuando puedo lo lavo. Está de más aclarar que su dueño no puede hacerlo. Sin embargo, lo ensucia cantidad. Como el culero no aguanta, ha orinado varias veces el asiento. Orinado y algo más. Con un «olor» inconfundible. Hay que lavarlo bastante, porque el puré para el niño, la leche y las galleticas se alojan en los rincones.

Casi siempre termino empapándolo con una manguera. Conecto la manguera a la pila que Paula usa para regar las plantas, y mojo el carro de Samuel. Yo también me baño mientras quito el churre con cuidado. Él sonríe al ver aquella función. O mueve inquieto los piecitos. A veces grita por su carro. Un chillido fuerte. Seguro quisiera estar ahí, jugando conmigo y el agua. Ya tendrá tiempo de sobra.

Después, cuando termino, lo pongo al sol y tomo un respiro a su lado...

...Samuel me mira más tranquilo.

De repente, da un brinco en el corral y manotea. Vuelve a gritar. Luego, sonríe y se lanza hacia atrás. Hizo todo eso la última vez. Y porque ya he vivido nueve meses con él, lo conozco. Sé de su contentura, sin que aún pueda hablarme con palabras.

Samuel tiene un carro que le encanta. Y cuando puedo se lo lavo, para que recorra la casa. Unos cuantos metros de paseo por la sala, el cuarto y la cocina. La distancia suficiente para elevar su mirada, con esos ojos alegres más de lo normal.

Su carro es el medio donde descubre el mundo en que vive. Por eso se lo limpio. Y para que vaya feliz a cualquier lugar, en su auto de seis ruedas, elegante, color claro. Y para que su risa, aunque no tenga dientes todavía, continúe blanca y pura, como la leche que también lo duerme en su carro de tela y metal.