No he vuelto a verlo pero esa mañana estuvo ahí, sobre una carretilla con cuatro ruedas y dos hombres que custodiaban su altura. Iban mirando a algún lugar, me refiero a los hombres. Él no. Él es mucho más, como acostumbran a ser las cosas que requieren un ritual. Por eso algunos se asombraron desde lejos. Mientras otros, los más devotos, se acercaban para tocar la campana y ofrecerles su fe.

Ahora son más los que creen. Debe ser por el año que casi termina. Es sólo una percepción. Una insistente apreciación que aparece cuando menos la esperas, como él con su capa de saco, las marcas en el cuerpo y un collar. Sus guardianes le tendían los brazos, cuidando que no fuera a caerse por los huecos de la calle. Lo sujetaban con firmeza para que no cayera del altar. Decían «salud y suerte» sí alguien dejaba dinero en la maceta de barro, no importaba la cantidad. Y las personas agradecían, o simplemente entregaban su silencio como forma de respeto. Fluía en el ambiente ese toque de misticismo al que estamos habituados, al menos en esta isla.

Los hombres movían la carretilla con celo, a veces miraban al suelo y hacían señales de precaución. Se ocupaban de cada detalle. Era tal su rigor que, hasta una bandera le enrollaron en uno de los brazos, y apenas sonrieron. Ni siquiera para las fotos que tras mucho dar logré sacarles. No quise dejar pasar aquel instante, y la imagen fue la manera más rápida que encontré. También para mostrarle a otros la respuesta que tal vez esperaban. Algo parecido pasó conmigo. No puedo negar el rumbo que cogieron mis ideas cuando lo vi, desplazándose así, en medio de la calle para ser visto por quien pueda, diez días antes de su día, en una mañana del año bisiesto que tantas penas ha dejado. Diciembre.

No es casualidad, sino otra línea del todo conectado, como las fotos y estas letras, que debiéramos leer.