Una boca de lobo con aliento a fiera, al borde de tragarla en cualquier momento. ¡Un ataque! Eso era aquel lugar. Al menos así parecía: el sitio idóneo para la emboscada. Luchar o ser cazado de una vez, mientras se adentraba en aquella garganta donde el sudor la mojó. Y su pecho se agitaba como si fuera a reventar. Sentía presión. ¡Mucha presión!

Casi tanto como el vapor que soportaba su cuerpo -cansada-, en la boca del lobo, o de una oveja quizás. A esta altura la bestia se disfraza de ciervo. Para confundir. Cerraba y abría los ojos, pero poco cambió. No había vuelta atrás. Por muchas vueltas que diera, ni siquiera eso tenía: una retaguardia. Sólo el presente frente a ella, dispuesto a devorarla tras el mínimo error. Una boca babeante y con colmillos afilados: la boca del lobo.