INTRODUCCIÓN.
PARTE I
Al principio no lo pensé. Luego, mientras hacía el camino me sorprendieron
los hechos: ser padre por segunda vez, y militante político. Nadie puede
anticipar con claridad cómo será el mañana. Mi caso no fue la excepción. Por
eso, primero aquellos hechos me nublaron la conciencia, después sellaron mi
destino. Asumí ambas decisiones con la responsabilidad que exige una empresa
así. ¡En estos momentos! Nada volvió a ser lo mismo desde aquel instante: ni mi
espacio, ni el tiempo, mucho menos la forma de pensar; sobre todo escrutando
las ideas desde una realidad tan cambiante y compleja. Entre ambos sucesos
mediaron pocas semanas.
El nacimiento de Ernesto
fue a inicios de noviembre, del 2019; a mediados de diciembre se aprobó mi
ingreso al Partido. En esa época, Cuba festejaba el medio siglo de fundada su
capital. También se declaraba en contra del golpe de Estado perpetrado en
Bolivia contra Evo Morales. Al otro lado del mundo, concretamente en la ciudad
china de Wuhan, aparecerían los primeros casos de Coronavirus, una terrible
epidemia que tres meses más tarde ya estaría contagiando a nuestro país para
sumirlo, junto al resto del planeta, en una de las peores crisis de la
historia.
Eso
me hizo entrar más en razón. En lo adelante, el acierto que pudieron tener, o
no mis pasos, dependió de la forma cómo puse los pies en la tierra para darle a
mi hijo recién nacido, y a la mayor de siete años, lo que todo padre desea para
ellos: un porvenir mejor, un legado de amor. Y para eso ya tenía señalada la
vía: participar en la lucha de mi país por vencer, no sólo a la pandemia que
tantos peligros entrañaba, sino a la enorme crisis económico-financiera que
azotó al pueblo, a las deficiencias internas, y al infernal bloqueo yanqui.
Quizás para otros la elección hubiese sido distinta. Esta, basada en mis
convicciones, fue la mía.
Desde la adolescencia me gustó leer. Tenía muchas dudas sobre las cosas que
escuchaba y veía, quise saber. Mi mamá, junto a mis tíos y abuelos, aunque se
empeñaron en transmitirme sus vivencias, no lo abarcaban todo. Tampoco la
escuela o los maestros. Solamente uno mismo puede llenar sus vacíos tras esta
firme necesidad de ir más allá. Indagar. Esa fue mi primera experiencia de
rebeldía, buscar respuestas a las preguntas, que contrario a lo que creía, han
crecido con la edad.
La implicación que tiene ser consecuente con tus ideas, traducirlas en palabras, en actos, demanda valor. Comienzan por ocurrir en el cerebro. A veces con un sentido, otras en sentido contrario. Es así el trayecto humano, entre esa corriente que alimenta y a la vez agota. Una energía oscilante. Menos mal que existe, porque de esas sensaciones surgió la creencia del hombre que soy. Creo que la felicidad está en tener un sueño, y luchar con audacia e inteligencia por hacerlo realidad. La misma fe que tengo en mis hijos y en su futuro. Sólo que ese destino, el cual aspiro para ellos, llega sudando la camisa. Los sueños no serían de este mundo si fácilmente pudieran convertirse en hechos.

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