No me acostumbro a las despedidas. Me refiero a las que son un parteaguas de lo vivido hasta ese instante. Hablo de las que remueven sentimientos y retan al valor. ¡Las de verdad! En mí, parece como si afuera todo estuviera bien. El problema es adentro. Debatirse en seguir adelante sin flaquear. Duele ver a quienes dejas detrás como te miran callados, con lágrimas en los ojos, después de un abrazo distinto. Uno dado con el alma y la esperanza de encontrarnos otra vez, luego que pase el tiempo y los hechos que pretendo conquistar con mi fe se vuelvan reales o no.

De antemano me preparo, pero resulta inútil. Casi nunca la expectativa logra cubrir tan abrupta realidad. Solamente unos minutos que se vuelven años, mientras una infinidad de ideas me martilla la conciencia. Vienen de cualquier recuerdo, camufladas de preguntas, de silencios... me invitan a parar. Dicen que siga tranquilo donde estoy, que no vaya más allá. Esa voz insistente murmulla desde alguna parte. No se cansa de advertirme que puede ser peligroso y no conozco casi nada. Que debo empezar de cero y no tendré a la familia conmigo. Lo peor es que tiene razón, y se vuelve difícil hacer lo contrario. ¡Indescriptiblemente difícil! Dar la espalda con los pasos iniciales que refuerzan la partida; no lo olvido jamás. 

Cuando intento salir de mi zona de confort la exigencia es inmensa. Parece lógico que sea así, porque emprender el vuelo al siguiente nivel no es una empresa sencilla. Separarme de lo que más quiero resulta un sacrificio enorme. Necesito estar muy seguro de hacia donde voy para sobreponerme al peso de esa despedida, y a la ansiedad que provoca iniciar un viaje a lo desconocido.

Lo hago porque con ello pruebo quién soy en verdad, y veo cuánto puedo dar por lo que creo. Me da fuerzas saber que pase lo que pase ya soy un ganador. Ir al siguiente nivel expande la visión de mi mundo. Alcanzo a ver más allá de límites insospechados, conozco nuevos amigos, algunos muy talentosos, que potencian mis posibilidades de tener un éxito mayor. Al final encuentro una mejor versión de mí. Las condiciones se alinean y los sucesos ocurren. Parece como si el universo premiara a los que se arriesgan. Algunos sostienen que es debido a la Ley de Atracción, otros al Karma o a Dios.

Yo siento que es de todo un poco, o es lo mismo visto de maneras distintas. Sí he comprobado la existencia de una energía que premia el esfuerzo, la constancia y la superación personal. Esas tres cualidades sostenidas por una elevada autoestima son imparables. Lo afirmo pues gracias a ellas he llegado hasta aquí. Son el motivo por el cual me repongo a tantas despedidas, y sigo ahora, más fortalecido, tomando los vuelos que me lleven al siguiente nivel.