Cuando dejes de mover el cuerpo
con ese ritmo pegante
que tranca las ideas
y engaña la razón.
Cuando dejes entre tragos
de gritar el gol de la derrota
como un balón que se mueve
en círculos hacia tu propia red.
Cuando dejes la apariencia
en esa vida virtual de soledades.
Cuando dejes de engañarte
con hipocresía, sexo y consumo,
entenderás mirándote al espejo
que vendiste tu tiempo
persiguiendo un patrón ajeno.
Pero estarás del otro lado,
alejado del niño que fuiste,
sin aliento,
sometido por el cansancio
de un propósito perdido.

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