Fue una tarde con cielo nublado.

Un día de esos que no deben pasar.

Tú saliste de casa sin avisar

a buscar los “hierros” preocupado.

 

La máquina, el peine y tus tijeras

en la barbería del caballero.

Los “hierros” que el barbero

cuidaba con la vida, de veras.

 

Truenos en el cielo.

Pasos sobre el pavimento.

La jaba en tu mano, mi pensamiento:

adónde fuiste abuelo.

Por qué saliste Mané.

 

Goterones de lluvia

atraviesan el viento, la tormenta.

Se revientan en el zinc con furia.

Hacen que su bulla se sienta.  


Han pasado años desde la noticia

y recuerdo aún el instante

que sonó el timbre alarmante

del teléfono con la injusticia.

 

Te llevo siempre conmigo,

más el día en que me pelo.

Me arreglabas con desvelo.

Adónde fuiste abuelo.

Por qué saliste Mané.

Llegaste barbero a tu destino.

El diluvio te impidió volver.

Un árbol nos hizo comprender

lo frágil que es el camino.

 

Yo tenía un presentimiento,

tú te fuiste sin decir nada

y esa rama condenada

del pino, asesino, te llevó.

 

Cayó, se derrumbó, aplastó

el aliento de tus tragos frecuentes,

tus cachadas y su humo irreverente

que sufridas luchas nos costó.

 

Todo pasó así, de momento,

tan cruel y rápido a la vez

que no bastó un segundo ni diez

para calmar al sentimiento.

 

Hoy miro el sillón de tus noches.

Te veo en él todavía sentado

con la camisa abierta, el rostro relajado

mirando el noticiero, diciendo reproches,

tomando café en tu jarro de aluminio,

dejando claro que nuestro condominio

es “Martí 24 reconstrucción”.

 

Extraño mucho esa expresión,

la forma franca como la decías

y las veces que para acabar repetías

la palabra “leche”.

 

Te llevo siempre conmigo,

más el día en que me pelo.

Me arreglabas con desvelo.

Adónde fuiste abuelo.

Por qué saliste Mané.

 

Llegaste barbero a tu destino.

El diluvio te impidió volver.

Un árbol nos hizo comprender

lo frágil que es el camino.

 

Yo tenía un presentimiento,

tú te fuiste sin decir nada

y esa rama condenada

del pino, asesino, te llevó.

 

Recuerdo la tablita en el sillón

para quedar a tu altura

mientras me pelabas con pura

paciencia y pasión.

Recuerdo el bolsito de tela

con el pan para la escuela,

el rico beso de abuela

antes que tú me llevaras.

Recuerdo las fuegas con Mariscal.

La descarga en el Rosal.

El vaso roto de cristal.

Tu brazo herido, borracho.

Era todavía un muchacho

y recuerdo la operación.

Luego la foto de tu risa

con pijama, sin camisa

abrazado al amigo de antaño.

Recuerdo la caída en el baño,

aquella extraña anorexia,

los ataques de epilepsia

que aumentaron con los años.

Recuerdo donde quiera que voy

tu mensaje contenido:

“recuerda nieto querido

yo soy quien soy”.

 

¡Y sí leche, leche, mil veces leche!

Porque nunca dejaré de amarte

ni tampoco que sobre tu voz se eche

la sombra para olvidarte,

del árbol que nos separó.