En el bosque están los lazos
de las ramas del ocaso,
y sus trazos compaginan
como dos cuerdas que se afinan.
 
Ramas largas con curvas
delgadas, sugerentes, seductoras.
Carbón de imágenes creadoras.
La noche se incendia en esta turba.
 
Perturban los gajos des-nudos.
El calor delirante que desprenden sus brasas.
La incendiaria fricción entre sus nudos
fundidos como el cuerpo al que abrazas.
 
El drama del instinto sobre el fuego llama
seducido por el morbo, un viento distinto,
la llama avivada con el juego
de saberse mortal en este recinto.
 
Cubren las paredes de la noche
esta cama natural sobre la hierba,
se exacerba sin reproche la raíz
bajo la virilidad de su tronco, infeliz.
 
Chispas en el cielo oscuro,
parece la danza de cocuyos que vuelan
y con sus movimientos revelan
la escena de un bosque inseguro.
 
Por eso emigran las aves de paso,
con ellas el fruto de las ramas.
Ramas emigrantes del fracaso
nacerán donde su semilla se sembró.
 
Crecen nuevas ramas del ocaso.
Les cae la lluvia como flechazos.
Se seca la tierra por pedazos.
El sol que se pone entre flashazos
día tras día, anunciando sus noches.
 
Y en otro bosque están los lazos
de ramas distintas en el mismo ocaso.
Sus trazos también compaginan
como dos cuerdas que se afinan.
 
Ramas herederas de sus curvas
delgadas, sugerentes, seductoras.
Carbón de imágenes creadoras.
Ahí va otra turba que se quema.