¿Por qué hago todo esto? De primera y pata pudiera decir que por gusto, porque quiero o me da la gana. Pero en el fondo, en el fondo de este pozo al que casi no le queda ni agua, es por necesidad. Al final, todo el mundo necesita un vaso con agua para no morirse de sed. Lo mío es escribir. Decir mis boberías y reírme con ellas en vez de llorar. O hacerlo sí, pero no a la cara de quienes seguro también tienen ganas de lo mismo. Aquí cualquiera se cuida de que el descuido no lo haga tortilla con la piedra, y no precisamente filosofal, sino otro que pesa más todavía y te jala a Dios sabe dónde. Por eso yo escribo y hablo a mi aire, sin que nadie me esté velando para depurarme, porque a más de un puro ya se le ha muerto un tío.
He hecho esto desde que me cambiaron la pañoleta azul por la roja. Y bien, mal o regular lo sigo haciendo, aunque ha llovido bastante, y fueron cayendo otros cambios. Pasan los años y no paran de reventarse contra las hojas que mancho con mis garabatos. Aquí están los tragos de café sin azúcar, sujetos a mano limpia en un jarro de aluminio hirviendo, y la risa descontrolada mirando, ataúd biodegradable por medio, el semblante del difunto que murió de forma sostenible. Parecen goterones de lluvia revolviéndose en el fango que me embarra hasta el cuello. Ahora se ha vuelto un lujo además, ahogarse con agua. Un grupo de científicos llegaron a la conclusión que resulta más económico hacerlo con tierra tratada como harina para moldear el pan nuestro de cuando se le puede coger la chapa. Aunque sus números sirven para decir que la gente casi no mueve la boca ni controla el estómago, pero llenan a los malagradecidos de dignidad, y burlamos los bloqueos.
Cuando pienso en la cantidad de dignidad que nos han dado solamente por la libreta, dejando afuera la televisión, la escuela y otros souvenirs, mirando en blanco y negro esta película de rollitos, me reprocho a mí mismo por no haber hecho más con menos. Creo que también de ahí viene esa picazón de escribir y hablar que no se me quita con ningún palo, por muy bien que rasque.
Tuve dignidad, que recuerde, cuando me sacaron sin zapatos del hospital acabado de nacer, porque los que mami pudo comprar no me sirvieron. Cuando me quedé solo en el corral porque la abuela inventaba en la cocina. Cuando se iba la corriente, y me tiznaba la cara cuidando el fogón de leña mientras se hacía la harina. Cuando comía pan ¡bueno! y agua, los dos con azúcar. Cuando Pipito me agarró con la boca llena, cogiendo otro poco de la leche en polvo que todavía existía, y terminé botándola por la nariz. Cuando fabriqué el camión con un pedazo de madera, cuatro tapas y un pomo vacío. Cuando jugábamos frente a la casa con los pies descalzos y una pelota fabricada con medias olorosas. Cuando aún de grande veía el televisor sin colores y la pantalla borracha. Cuando me creía todo lo que veía. Cuando salía poco a las fiestas para que no me descubrieran por el uniforme. Cuando me bequé y tuve que bañarme en los tanques y esperar los domingos para matar a quien me mataba, aunque fuera solamente por unos días. Cuando me encerraba en el cuarto a estudiar, y luego salía a construir mi propia casa. Cuando viajaba como una sardina para ir a trabajar, y regresaba peor. Cuando cobraba el salario del mes y a la semana ya estaba en la fuácata. Y cuando me indujeron varias veces a chocar con la misma piedra de antes.
De todo eso y más trata lo que digo en mis presuntos escritos, que no buscan endulzar a ningún oído pudiente o nariz respingada, sino ayudar a que los sordomudos artificiales dejen de hablar con sus señales humanas de silencios. Ese es otro motivo por el cual hago esto. Pero lo dejo ahí para no darte más muela, y que te aburras de tanto cuento. Imagino que debes tener suficiente con lo que ves a la redonda. Por eso, cuando me monto en este canal trato de buscar la mejor forma de decir las cosas, para que no me pases por alto, y te quedes más tiempo conmigo. Precisamente ese, el tiempo, es el que más sabe sobre cómo entrar por la puerta ancha al lugar donde terminamos todos, sin que antes salgamos por el techo, tanto el que escribe y habla como el que mira y calla. 
En fin, hago esto porque yo no soy uruguayo ni gringo, sino cubano. Y entre cubanos, que sabemos muy bien cuando la caña se pone a tres trozos, no tenemos por qué andar con pañitos tibios. Porque por estar dando tantas vueltas, que al final cada día marean a menos, es que estamos como estamos. Yo trato que la gente se ocupe, piense y vaya haciéndose un criterio propio mientras se ríe a carcajadas, se preocupa, o se hala los pelos de impotencia cuando reconoce por su cagá a los cuervos escondidos tras palomas blancas.
No puedo negarlo, es reconfortante oír a alguien comentarte por las redes: «Me gusta lo que estás haciendo ¡Sigue así!» Porque no son pocos los que tratan de ser grandes youtubers e influencers. Pero al parecer, fracasé en este necesario propósito. Les pido a mis seguidores, y en especial a los que suelen ser más críticos, que tengan compasión de mí. Así que dejémonos de tanto cuento, y vamos a estar aquí.