La visión cosmológica del Sol y la Tierra revela sus infinitas dimensiones. Pero, atendiendo a la lógica tridimensional humana, simplificaremos este proceso acordando que tanto la estrella como nuestro planeta poseen cuatro. A continuación, se explica por qué partimos de esta concepción.
En el Cosmos, alejados a cientos de millones de kilómetros, y teniendo como referencia las dos dimensiones en que únicamente a esta distancia, bajo la óptica del hombre puede observarse la vasta inmensidad del sol y la línea recta de su luz, un punto azul se refleja. Un minúsculo espacio en el vacío que contiene la historia desde su comienzo. Las guerras y los conflictos. Los países con sus gobiernos y desafíos. Nuestra familia y amigos. Lo que amas u odias. Tus miedos, pensamientos, y todo cuanto ha sido esta humanidad desde sus inicios, comprimida en una pálida mota de polvo absorbida por un rayo de sol. Ese arquetipo de fotón, ese punto unidimensional perdido entre la infinita arena cósmica, es nuestro planeta. El mundo tal y como lo conocemos, descrito mediante el prisma del inolvidable Carl Sagan.
Partimos del Espacio, y usando la imaginación nos transportamos al momento intermedio. El intervalo exacto donde cambian las dimensiones, y con ellas la percepción de cómo acontecía el fenómeno desde un enfoque universal. Ahora nos encontramos viajando a la velocidad de la luz. Llegamos al brevísimo instante en que la radiación solar impacta sobre el punto terrestre con su inclinación, y reacciona con todo lo que conocemos, manteniéndose un equilibrio sincronizado casi a la perfección. Después, a medida que atravesamos su atmósfera se pierde potencia y, por tanto, aceleración. Las dos dimensiones visuales de la luz a su velocidad, en ese lapsus se duplican, aunque no pueda verse. El punto que antes representaba al mundo se va convirtiendo en un espacio tridimensional debido al espectro electromagnético. Esto sucede a velocidades menores a la luz, pero igualmente indistinguibles por cualquier ser vivo en la Tierra. Ocurre por la dispersión que provocan los aerosoles, la reflexión generada por las nubes y la absorción de los gases suspendidos en el aire. Un sistema diseñado eficientemente para preparar nuestro aterrizaje en el planeta. Es decir, ajustar la radiación electromagnética reflejada o absorbida por los océanos y continentes, por todos los objetos, vidas y espacios existentes en este mundo, a niveles considerablemente menores. Así es como queda listo el escenario donde se crea nuestra película bidimensional, en un tiempo circular donde sólo existe el ahora, proyectada sobre la superficie terrestre como una fantástica secuencia de ilusiones tridimensionales en una temporalidad lineal.
Esto ciertamente es lo que se ve desde adentro. Un sofisticado proyector de imágenes en movimiento sobre una pantalla inmensa que percibimos hundida –cóncava, sinuosa o con profundidad-, por su lenta velocidad con relación a la de la luz. Pero que, en paralelo parece estar en el mismo lugar, por su gran velocidad de rotación, a trescientos sesenta grados alrededor de cualquier eje imaginario, por ejemplo: el hombre. Esto redondea nuestra observación visual a una forma esférica de “realidad” que nos envuelve por completo. Y que también es virtual, pero la llamaremos así para diferenciarla de la otra. Conectada nítidamente con nuestro visor de realidad virtual: los dos ojos humanos. La sala más grande en 3D del universo, con una realidad virtual formidable, es exactamente el mundo.

0 Comentarios