Quisiera alegrarme con el sonido de tus ondas. Mostrarle un credo a la esperanza más allá de retornos vacÃos. Me gustarÃa oÃr como antes, que la voz recobre su pulso, que yo sonrÃa enardecido. Que tú invites a soñar, a pensar, ¡a vivir...! Ya no somos lo mismo. Dices distinto y yo espero igual. Tampoco quiero entender que el púlpito está entre paredes y el mensaje sobre un éter disperso ha perdido sentido. Quizá enloqueció. El motivo de los ruidos parece revelarlo. Rumores que afilan las ideas y hieren al corazón. Me cuesta aceptar una locura tan sensible. Hacerlo es casi morir, porque al final las ondas también son luz. No es verdad que cambian asÃ. Si realmente oscurecen cuando tocan las cosas no son ellas las culpables. Aunque lo hubiese preferido tratándose del destello. Ahora no estarÃa mirando sin saber a dónde mientras intento desahogarme, encontrarme, escribir. La sombra de las paredes, esa sombra intransigente que apaga el fuego, encona grises, congela la oscuridad de los cuerpos -siempre me ha turbado la frialdad de la muerte-. Yo no soy sordo, salvo a veces que parezco mudo. Simplemente atiendo la presencia de ondas coherentes. Ellas cuando vibran sobre cuerdas crean sonidos. Cualquier sonido si choca con paredes puede generar ecos. Pero no cualquier sonido por encima de sus ecos es la voz. Voz sabia, sonido seguro, onda exponencial. En tanto no la sienta busco serenidad en otro lado. No pretendo entregarme a la deriva de estos dÃas ensordecidos con el llanto del mundo.

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