Hay un ave con plumas grises sobre una rama del mismo color. Empieza a trinar y llega otra parecida. El ocaso del atardecer sirve como mesa de diálogo. Los rayos se esparcen entre las hojas de esta época. Rayos de un sol intenso que ya se esconde por hoy. Hojas que en otoño cayeron y ahora nacen distintas. Los gorriones así lo anuncian a quien lo quiera sentir. Dicen que parte otro día al sur del continente. Tarde estival de enero que también recibe al año nuevo. Un ciclo anhelante de verdes y marcado por grises, como esta imagen que veo, como las aves. Quisiera que el canto de mis gorriones llegara aún más lejos. Digo que ya son míos porque están ahí, frente a otros ojos achicados por culpa de la luz. Ellos no alcanzan a ver nada. Les resulta difícil encarar un resplandor tan directo. Acaban quedándose ciegos cuando se ocultan bajo las sombras. Yo sí los sigo mirando a través del cristal. La ventana está cerrada, pero sus picos abiertos. Son cinco los gorriones en el árbol, trinando tan alto como pueden, saltando a veces a otro gajo, naturales y libres. Una suave brisa empieza a mover las ramas. De repente el sol queda oculto tras las nubes. Causalmente ellas también son grises como los troncos donde están sujetas las hojas y las plumas que viste al trino necesario. Ahora el viento remueve más fuerte a las aves. Algunas agitan su canto. Varias hojas se desprenden. Empiezan a caer. Cuatro gorriones vuelan hacia la luz. Para mi sorpresa uno se queda y no para de trinar. Continúa aguantando los embates del viento, sintiendo la tarde más oscura, solo. No sé si es el mismo del principio, aunque creo que sí. La brisa pasa. Se borran los nubarrones y el sol regresa. Otras aves aparecen y trinan alto hasta que la noche sentencia. El canto se silencia. A la mañana siguiente vuelven a trinar. El sonido me despierta, y algo en mí se estremece.