Por lo tanto, si quieres entender las verdaderas intenciones del poder humano debes estudiar en detalles el trasfondo de las tecnologías. Ellas históricamente revelan un patrón tecno-colonizador del mundo bajo “las redimidas banderas del progreso". En su esencia, las tecnologías han sido usadas siempre por la clase poderosa para consolidar su dominio. La Revolución Industrial del siglo XIX ejemplifica cómo la tecno-colonización es intrínseca al desarrollo tecnológico. Máquinas emergentes prometieron una era de eficiencia y abundancia. Pero detrás de la fachada del progreso se encontraba una realidad de explotación. La industrialización trajo consigo agotadoras jornadas de trabajo, condiciones inhumanas en las fábricas y una marcada desigualdad entre obreros y burgueses. Las tecnologías que propulsaron la Revolución Industrial no solo transformaron la producción, sino que también consolidaron el poder de quienes controlaban los medios de producción, generando una gran contradicción, y por tanto, lucha de contrarios entre ambas clases sociales. Posteriormente, durante el siglo XX, la era de la globalización significó una expansión de dicha tecno-colonización. Algunas potencias occidentales, líderes en el desarrollo tecnológico, exportaron sus tecnologías a nivel mundial. Este intercambio aparentemente beneficioso sobrevino en dependencias para muchas naciones subdesarrolladas, las cuales persisten hasta nuestros días. La imposición de sistemas occidentales reforzó el dominio económico, cultural y las desigualdades estructurales. En la actualidad la Revolución Digital marca un capítulo adicional en esta misma historia de tecno-colonización. Proliferan tecnologías de la información que traen consigo conectividad global y acceso a la información. Pero, ellas mismas también son utilizadas para influir psicológicamente en las masas, vigilarlas y explotar sus datos. Corporaciones y gobiernos acceden a información, controlan comportamientos en línea y ejercen un poder discrecional sin precedentes sobre la privacidad de las personas. A medida que se avanza hacia una era controlada por algoritmos y sistemas autónomos, la tecno-colonización se manifiesta mucho más en la reconfiguración de fuerzas laborales y la concentración del poder económico y político. Se multiplican las decisiones programadas y con ellas las injusticias. Incluso, hasta en el ámbito energético la colonización tecnológica ha dejado su huella. Explotar recursos naturales ha llevado a múltiples crisis medioambientales. Depender de combustibles fósiles, la minería buscando materias primas para fabricar dispositivos tecnológicos y la degradación del clima son facetas de la tecno-colonización que afectan en demasía la salud del planeta y sus habitantes. Lo verdaderamente inquietante no es que el mundo se tecnifique completamente, sino que el ser humano no está preparado para esta transformación tan disruptiva. Por consiguiente, sigue corriendo un peligro que cada vez es más creciente: la existencia y perdurabilidad de la obra humana.    

Subrayo que el asunto no está en negar el progreso y su evolución, lo cual es totalmente incorrecto. La cuestión radica en luchar contra la forma y el sentido que siguen teniendo los resultados finales, arrastrando a la humanidad hacia un laberinto artificial, colonizador y destructivo en nombre del progreso. Yo no quisiera percibir lo antinatural como una fuerza puramente destructiva, sino considerarla un contrario necesario que podría ser gestionado y dirigido hacia objetivos consolidadores del orden natural. Pero hasta ahora eso no ha sido posible. Por el contrario, la evolución tecnológica basada en la súper conectividad y su comunicación digital sigue demostrando con sus contrastes que conlleva en las mismas proporciones a la involución humana. Tener más “ciudades inteligentes” implica a su vez disfrutar de menos campos naturales. Una ilusión de proximidad digital en paralelo distancia las personas análogas. Las interacciones en línea con su superficialidad alienan a los individuos de las conexiones sociales físicas. Algo está torcido en el capitalismo para que en la cúspide del progreso tecnológico al mismo tiempo veas lo opuesto al progreso humano: deshumanización, ignorancia, tendencia destructiva por doquier. No cabe dudas que, detrás de cada avance científico-técnico se esconde una compleja narrativa de control, explotación y expansión de poder. La tecno-colonización transforma la forma cómo vivimos y delinea la distribución de fuerzas en la sociedad moderna. El mundo urge de una comunidad cualitativamente más humana, que tenga como fuerza motriz al amor, no al dinero y su poder. Donde  la calidad de vida se referencie con salud y armonía, no con capitales financieros. Donde el trabajo alienante no sea más la medida de riqueza y valor material. Donde las personas vivan sin miedo y en auténtica libertad. Sucede qué así como el amanecer concluye en su ocaso tras pasar un día, y que cada nacimiento conlleva a la muerte luego de una vida por medio, la Dictadura acaba con su Revolución. Al igual que una Revolución termina transformándose en una Dictadura. En la historia humana has presenciado varias veces el ciclo implacable del cambio político: ascensos y caídas de dictaduras seguidas por el surgimiento de revoluciones. Solo para presenciar cómo estas revoluciones cambian con el paso del tiempo hacia nuevas formas de totalitarismos. Este patrón tan natural como el amanecer que da paso al ocaso, revela una verdad ineludible sobre la dinámica del poder. Las dictaduras por su propia naturaleza suelen basarse en la concentración de fuerzas en pocas manos. Su monopolio aparece de diversas formas: golpes de estado, regímenes militares o liderazgos autocráticos. La esencia de una dictadura implica el control ejercido sin restricciones, a menudo en detrimento de los derechos y libertades individuales. A lo largo del tiempo la acumulación de poder sin contrapeso conlleva al descontento, resistencia y finalmente el surgimiento de su propia destrucción. La respuesta humana a la opresión es la nueva Revolución. Movimientos que nacen de insatisfacción popular y necesidad de cambio. La Revolución Francesa que derrocó a la monarquía absoluta, o la Revolución Rusa que puso fin al régimen zarista así lo afirman. Acontecimientos como estos marcan el comienzo de una época diferente, donde la promesa de libertad y justicia motiva a las masas para luchar contra la dominación.

No obstante, aunque el ciclo entre dictaduras y revoluciones es inevitable, existen oportunidades para retardar o acelerar según la forma y el sentido deseado, el período de transición entre ambos extremos. En el caso de la Revolución construir instituciones fuertes, la participación ciudadana activa y la protección de los derechos humanos son factores que contribuyen a su sostenibilidad por más tiempo. Conciencias colectivas formadas de la unión entre las individuales y el compromiso con la gobernabilidad responsable retrasan sustancialmente la deriva hacia formas autoritarias de gobierno. Lo esencial está en la comunicación establecida entre ellos, debido a su lucha de contrarios interminable. Repito que, la única variable que el hombre sí puede modificar durante esta u otra transición es el cómo. Es decir, la forma y el sentido en que varía la velocidad a la cual se recorre el espacio existente entre un fenómeno y su opuesto, entre una Dictadura y su Revolución. Dicha dimensión, que abarca desde las estrategias hasta las actitudes se convierte en la fuerza motriz durante la lucha de contrarios.