Lo expuesto previamente reafirma que todo se sintetiza en la comunicación. Dominando las fuerzas
comunicativas y sus relaciones de comunicación, que interconectan como nunca
antes a los individuos con su entorno, se tiene el control de la energía e
información intercambiada entre ellos, a partir de las cuales se puede transformar
o generar cualquier cosa. Incluso, cambiar los estados de conciencia. Quien controle
la comunicación, que en sí misma es la base para que exista contradicción en la
continua lucha de contrarios, domina la conciencia, su energía e información.
¿Pero, qué es esa contradicción? La contradicción es el vínculo contrastante e
indisoluble entre dos ideas opuestas surgidas de la consciencia humana: la idea
de lo bueno y lo malo, del blanco y el negro, de lo justo y lo injusto. Karl
Marx alertó en su obra “El Capital” sobre las grandes contradicciones que se
establecen entre las fuerzas productivas durante sus relaciones de producción.
Sobre todo, en la forma como se produce y el sentido que toma la distribución
de los bienes y servicios generados. Tales contradicciones al acrecentarse
crónicamente, terminan desatando revoluciones. Este proceso, arraigado en las
teorías del materialismo histórico, señala que la tensión entre el desarrollo
de las capacidades productivas y las estructuras sociales existentes,
eventualmente alcanza un punto de quiebre. Durante la Revolución Industrial, el
rápido avance tecnológico y la maquinaria aumentaron exponencialmente la
capacidad productiva. Sin embargo, las antiguas estructuras feudales y gremiales
no lograron adaptarse a tales transformaciones. El surgimiento de la clase
obrera, despojada de sus derechos y sometida a condiciones laborales inhumanas,
marcó la aguda contradicción entre la producción moderna y unas relaciones de
producción arcaicas. En la Rusia de 1917, a medida que se experimentaba una
rápida industrialización bajo el régimen zarista, las relaciones de producción
seguían siendo mayoritariamente agrarias y feudales. La brecha entre la clase
campesina y la emergente clase obrera industrial generó tensiones
insostenibles. La Revolución Rusa fue el resultado directo de la contradicción
entre un crecimiento industrial acelerado y unas relaciones de producción
agrarias que ya no podían contener la demanda de cambios. La Francia del siglo
XVIII es otro ejemplo de cómo las contradicciones entre las fuerzas productivas
y las relaciones de producción llevaron a un cambio radical. En ese momento,
las capacidades productivas estaban en pleno auge, con avances en la
agricultura y el comercio. No obstante, las estructuras feudales mantenían un
sistema de privilegios y restricciones que impedían el desarrollo equitativo.
La Revolución Francesa fue la respuesta a esas contradicciones, que culminaron con
la caída del régimen feudal y la emergencia de una nueva sociedad.
Todo eso lo domina la nueva burguesía
capitalista. Y aunque las contradicciones entre las fuerzas productivas y sus
relaciones de producción persisten en el sistema capitalista actual, su élite lo
oculta y manipula constantemente. Entendió que, para no ceder en su
lógica de producción la cuestión medular está en el control de la
contradicción en sí misma. Al no poder extinguirla de raíz por la propia ley
natural de la contracción dialéctica, decidió minimizarla, hacerla invisible, o
hasta usarla a su favor –cambiarle la forma y sentido- buscando quizá tener una
especie de ley antinatural de homogenización. Para lograr su propósito se
concentró en esa comunicación irrompible entre el enorme proletariado y la reducida
plutocracia. Esta última ha capitalizado la interconexión económica a escala
mundial. Buscando maximizar sus beneficios, externaliza la producción a
regiones con mano de obra más barata, intensificando la contradicción con la
clase trabajadora en sus países de origen. Pero, en lugar de confrontar
directamente las tensiones resultantes, su estrategia consiste en invisibilizarlas tras complejas cadenas de suministros. La proliferación de la llamada "Economía Gig" es otra representación clara de cómo minimizan tal contradicción.
Han surgido plataformas digitales como intermediarios entre la nueva burguesía
que busca servicios y la clase trabajadora que los ofrece. Esta economía
proporciona flexibilidad, y también tiende a desregular las condiciones
laborales, creando una ilusión de independencia mientras camufla las opresiones subyacentes. El avance tecnológico con su capacidad para reemplazar empleos
tradicionales, provoca contradicciones en paralelo entre la clase rica y la trabajadora. Aunque, en lugar de abordar
directamente el desplazamiento laboral se opta por la retórica de la
"automatización beneficiosa para todos", la cual es utilizada para
disfrazar el impacto negativo en la estabilidad laboral y los ingresos del
proletariado afectado. Otra táctica usada es la adopción de estrategias de
marketing centradas en la responsabilidad social empresarial (RSE). Al destacar
iniciativas filantrópicas o ecológicas, las empresas buscan proyectar una imagen
positiva, desviando la atención de las desigualdades inherentes en sus
estructuras organizativas y prácticas laborales. Promocionar visiones que
enfatizan en el empoderamiento individual como la posibilidad de ascenso
social a través del aprendizaje autodidacta y la educación en línea, es un
método muy explotado por los poderosos. Sus narrativas procuran cambiar la percepción de la contradicción. Presentan opciones aparentemente
accesibles para aquellos dispuestos a esforzarse, en tanto desvían la atención de
las barreras sistémicas más amplias. Hacen ver al trabajador como el único
culpable de no alcanzar sus metas. Mientras que, mediante campañas que retratan
una vida idealizada, las marcas establecen una conexión emocional con
los consumidores, distrayéndolos de las tensiones sociales y económicas
coexistentes. En estos casos, construir realidades aparentes implanta falta de contradicciones, una ley antinatural que rompe con la simbiosis humana.

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