Anular las contradicciones que desatan revoluciones radica en controlar la comunicación consciente de los trabajadores. La burguesía no quiere que los oprimidos conecten y reaccionen ante ideas opuestas. Pero, para manipular eficientemente la comunicación de tantos individuos, no solamente a escala nacional, sino llegar hasta cualquier rincón donde el Capitalismo impera hoy como sistema de explotación económica, política y social, que es casi el mundo completo, había que implementar algo mundialmente. Algo que siguiera el curso de la imprenta, la radio, la televisión, u otros adelantos científico-técnicos y su entrelazamiento con la psicología de masas. Algo que, basado en la computación transformara el mundo mucho más según sus marcados intereses. Es ahí que entra en juego el fenómeno de la red de redes con toda su evolución. El dominio de la comunicación global a partir de Internet y sus sistemas, redes sociales, algoritmos para la producción, procesamiento y venta de datos de los propios trabajados. Todo eso sustentado con una acelerada carrera por la Inteligencia Artificial, mantiene anestesiada la consciencia proletaria y su contradicción con el sistema. Este mismo proceso de comunicación genera innovadoras y opulentas fuentes para producir capital. Plataformas como Facebook, Instagram y Twitter, que se basan en la atención como moneda de cambio, perfeccionan sus códigos diseñados para mantener a los usuarios comprometidos y conectados. Los pobres siguen inmersos en estas redes, absorbidos por el constante flujo de información, distracciones y entretenimientos superfluos en muchos casos. Les desvían su atención de las cuestiones socioeconómicas más importantes. Tampoco debes olvidar que la Inteligencia Artificial, la cual ha servido de ejemplo en varios tópicos de este libro, añade una capa adicional a la explotación digital. Desarrollar algoritmos más avanzados, capaces de analizar y predecir con mayor precisión el comportamiento humano, amplifica la capacidad empresarial de capitalizar la información reproducida por la propia clase trabajadora en línea.

A simple vista se demuestra la doble explotación a la que está siendo sometido el nuevo proletariado. La tecnología podrá ser usada por todos, e incluso algunos pudieran tener una ilusión de progreso a través de ella, pero realmente es creada y dominada por los poderosos. En un nivel superficial, la tecnología logra un acceso aparentemente universal. Que en la actualidad proliferen los teléfonos inteligentes, disponibilidad de dispositivos electrónicos y acceso a Internet crea la percepción de que todos participan en el progreso tecnológico. Sin embargo, esta accesibilidad no garantiza la participación activa en la toma de decisiones que definen la carrera tecnológica. A la plutocracia moderna le interesa que cada vez más personas, asalariados o no, estén interconectados en línea para manipular a su antojo los índices de contradicción existente con ellos, a la vez que adquiere más valor su economía de datos. Por el contrario, a la mayoría oprimida moderna y su juventud revolucionaria le urge visibilizar y por ende maximizar las hondas contradicciones que persisten en su relación con la clase hegemónica, para de esta forma enrumbar la lucha hacia la necesaria “Revolución Humana” y por la salvación del planeta. Un proceso que debe imponerse bajo el asedio constante de la globalización opresora y totalitaria, que crea adicciones a la tecnología y su mundo digital para aislar y disolver más cuerpos y mentes críticas de las crisis acuciantes que consumen a nuestro único mundo real. La primera tarea para la clase trabajadora es desenmascarar la ilusión tecnológica que bajo la apariencia de progreso, oculta las desigualdades y perpetúa las estructuras opresivas. A pesar de la accesibilidad aparente a la tecnología, la brecha digital y las desigualdades socioeconómicas crecen, reduciendo a la inmensa mayoría de la población mundial a ser esclavos inconscientes del nuevo imperio digital. La dependencia tecnológica impuesta por la sociedad contemporánea crea una barrera para la conciencia crítica y la movilización social. La clase trabajadora y su juventud revolucionaria deben confrontar activamente esta dependencia, cuestionando la narrativa de progreso que la tecnología lleva consigo y reconociendo su papel como instrumento de control y manipulación. En este proceso de maximización de contradicciones los revolucionarios constituyen la vanguardia crucial. Con su energía, creatividad y capacidad de desafiar el statu quo, la juventud puede liderar la lucha hacia una revolución que no solo libere a la clase trabajadora, sino que también establezca nuevas relaciones con la naturaleza, el planeta y la vida misma. Movimientos juveniles como Fridays for Future (viernes por el futuro) liderado por Greta Thunberg, demuestran su poder transformador. Al unir fuerzas contra la inacción climática, estos movimientos impulsan la urgencia de abordar las contradicciones sistémicas que amenazan la supervivencia planetaria.

Unido a esto, han surgido también los feministas, animalistas, ecologistas, entre otros movimientos sociales que sí, son de izquierda –pobres, humildes, trabajadores-, creados e impulsados en no pocas oportunidades desde la derecha –burguesía-, para fragmentar y al mismo tiempo minimizar las contradicciones existentes entre ellos y la clase dominante. Los fragmenta inteligentemente porque crea distintos grupos con menos fuerza de aglutinamiento y alcance, cuando pudieran estar más unidos en un movimiento que los define a todos de manera natural y completa: ¡los humanistas! En paralelo, minimiza las contradicciones existentes a partir de las causas que constituyen dichos movimientos sociales: la defensa de los derechos de la mujer, el cuidado de los animales y el medio ambiente respectivamente, ya que al salir en apariencia respaldados desde la clase que antes lo oprimía tiende a verse como una especie de aceptación y victoria por parte de los que exigían sus derechos, y por tanto queda anulada de cierta manera la contradicción que los oponía a la élite gobernante. La élite al verse libre de esa presión puede seguir ejerciendo su dominio, ahora también sobre los propios feministas, animalistas y ecologistas. Lo consigue porque tiene a su favor el efecto enajenador, homogeneizador y a la vez capitalizador que proporcionan los adelantos de la informática y las comunicaciones en esta era digital, a los que están sujetos ellos y cualquier otro movimiento social existente o por surgir. La contradicción dialéctica es necesaria para las luchas sociales, de los trabajadores, para las causas justas y naturales de la vida. Pero su expresión se vuelve irresistible para la clase opresora. Los movimientos laborales encarnan la dialéctica social. Desde la Revolución Industrial hasta la actualidad la clase trabajadora ha luchado por condiciones laborales justas, salarios dignos, otorgamiento de derechos fundamentales. Esta contradicción dialéctica entre el capital y el trabajo llevó en algunos momentos a avances en la legislación laboral, así como a mejoras en las condiciones de trabajo. Pero todavía en este presente, cada vez más convulso y brutal, se mantiene como la lucha principal de la gran mayoría, de los oprimidos, de los engañados.