Naturalmente el río tiene su cauce. Una corriente que no debe perder el rumbo a pesar del largo camino. Bordea las piedras, aparta las ramas y a su paso riega vida. Lo hace sin pedirle cuentas a nadie. Sencillamente, al final llega al mar y se funde con él. Un acto magnánimo de complementos distintos. La naturaleza otra vez mostrándonos sabiduría. La saca de esa serenidad que emplea para conectarlo todo. El agua estancada se pudre y mata. El río corre para no morir. Hacer que fluya el pensamiento conecta vívidamente los hechos. Lograr un resultado sincero como el arroyo de la sierra complace más que el mar. La inmensidad del océano ilusiona a muchos. El mismo mar que puede ser turbulento y aniquilador. Tiene un horizonte brillante que parece alcanzable para quienes enfrentan sus olas. Pero se vuelve lejano y alienante, en tanto siguen nadando a toda costa para existir. Aunque también hay ríos que terminan estancados. O peor aún, ¡secos! Así se encauza el tripulante constantemente, decidiendo por dónde navegar según sus necesidades latentes, dependiendo del contexto que transforma las ideas, teniendo en cuenta su espacio y tiempo vital. Surge entonces, al no poder estar ni ser de los dos lugares a la vez, la pregunta definitoria: ¿Es el río o es el mar?

Aunque yo tengo en el monte mi respuesta, cierro esta travesía reforzando tal interrogante como me gusta, con otra pregunta a mi juicio no menos esencial: ¿Cómo saber en cuál de los dos se puede ser humanamente feliz?