Cuando se inicia la transición de un sistema económico y político a otro, específicamente del Capitalismo al Socialismo, en una primera etapa debe desconcentrarse o nacionalizarse el poder económico y político de la élite gobernante hasta ese momento, los cuales obtuvo explotando a los trabajadores. Se reparte entre todos la plusvalía, beneficios y exclusividades que tenía la burguesía capitalista, creando así las condiciones para que cada individuo se desarrolle partiendo de bases similares, y no prevalezca una clase privilegiada por ventajas precedentes. Esto debe lograrse tratando de no modificar el modo de producción y la estructura económica existente, si ya funcionaba eficientemente. Es decir, las empresas privadas y públicas permanecerían invariables. El mercado y las relaciones económicas seguirán siendo las mismas. Ahora todos fiscalizados por el Estado. La esencia es evolucionar hacia una sociedad postcapitalista, que ponga al bienestar de cada ser humano como su prioridad, teniendo como base a un Capitalismo económicamente funcional. Si por algún motivo este no lo era desde antes, debe analizarse sus causas para cambiarlas, incluyendo la posible transformación del modo de producción. Dicho período de transición depende del tiempo que le demore al Estado, en representación del pueblo, organizar e implementar este proceso y corregir sus resultados. Él mismo debe garantizar mediante leyes fiscales, laborales e instituciones gubernamentales, que las empresas y negocios tanto privados como públicos, continúen produciendo de igual forma, pero que no se vuelva a concentrar en sus propietarios la ganancia de la plusvalía producida, sino que habiendo cambiado ya el Modo de Distribución se establezca un reparto equitativo y justo entre todos. A mi juicio, en cada experiencia concreta debe analizarse si es imperioso cambiar el Modo de Producción. Depende del grado de consciencia, responsabilidad y compromiso que posean en ese instante los individuos que integran las fuerzas productivas constitutivas de la transición. No hacerlo permitiría usar las organizaciones económicas ya existentes para construir el Socialismo. Cambiar el modo de producción, es un paso más radical que llevaría a comenzar todo el desarrollo económico, prácticamente desde cero, asumiendo los probables fallas, retrocesos e ineficiencias que contrae un sistema empírico y nuevo, utilizando necesariamente para avanzar el ciclo de prueba y error. Lo que de cualquier manera sí debe transformarse para beneficiar a una comunidad o un país completo, es el Modo de Distribución. La acumulación desproporcionada de plusvalía en una minoría es lo que genera concentración de riqueza económica, poder político y desigualdad entre las personas. Lógicamente, el Estado también debe lograr mediante leyes y otros mecanismos institucionales que, los que más producen y aporten a la sociedad reciban reconocimientos materiales y morales de manera recíproca. El equilibrio justo entre aportes y beneficios es la manera exacta de motivar a las personas para producir más y mejor, sumando en función de que todos avancen proporcionalmente. En la nueva sociedad el valor humano debe equipararse con el valor económico, y progresivamente ir asumiendo una preponderancia superior al anterior. Más Socialismo equivale a mayor valor humano que económico en una sociedad. Más Capitalismo es mayor valor económico que humano en una sociedad. El Capitalismo tiende a ser lo contrario del Socialismo. Pero, ambos sistemas se complementan y deben formar parte dialécticamente del sistema resultante, el cual asume la forma y sentido del sistema contrapuesto que prevalece. Nunca hay un punto medio ideal donde ambos complementos sean idénticos. Por ende, si resalta el valor económico el sistema resultante tenderá al Capitalismo. Y sucederá lo contrario si prevalece el valor humano. En ningún país o región del mundo existe una economía sin sociedad. Como tampoco puede sobrevivir actualmente una sociedad sin economía. El bien común puede manifestarse cuando los principios representados por ambos sistemas cooperan entre sí. Sólo su integración armónica garantiza la subsistencia de cualquier comunidad a largo plazo. Una cuestión importante es que el hombre moderno ha perdido la capacidad de conciliar los opuestos. Esto significa que Capitalismo y Socialismo siguen en un conflicto permanente, que simplemente se acepta, no visualizándose un enfoque distinto.

En la sociedad moderna, abrumadoramente capitalista, hay una fuerte tendencia hacia el individualismo, donde se enfatiza en la autonomía, libertad y logro personal. Aunque, también existe la necesidad de pertenecer a grupos y comunidades. Estas dos tendencias son vistas como opuestas. Conciliarlas resulta desafiante. Un individuo puede buscar su éxito personal mientras también trata de contribuir al bienestar común. Pero, a menudo se siente presionado a elegir entre sus intereses individuales y comunes.

La globalización ha traído consigo mayor interconexión entre las culturas y economías mundiales. En paralelo, genera preocupación por pérdidas de identidades culturales y la homogeneización de sociedades. Armonizar la integración global con el mantenimiento de tradiciones locales puede resultar difícil para muchas comunidades y personas.